Pelagianismo

Defendida y sostenida por el monje bretón Pelagio, de quien recibió el nombre, difundida en Sicilia, África y Palestina por Celso, y sistematizada por el obispo de Campania, Juliano, esta herejía aparecida en los primeros años del siglo V minó al cristianismo por la base.

Sostenía la capacidad natural del hombre para conseguir la salvación; bastaba para ello el uso de la razón y de la libertad sin la intervención sobrenatural de Dios; negaba, al mismo tiempo que la sustancia y las consecuencias del pecado original, la absoluta necesidad de la gracia para realizar obras sobrenaturales. El pecado original, en el sentido en que lo entendía la Iglesia, no existía para Pelagio; el hombre, en efecto, nace sin ninguna mancha original, con la perfecta integridad de naturaleza semejante a aquella con que salió Adán de las manos del Creador; el pecado del primer hombre no acarreó ningún perjuicio o daño ni trajo consecuencia alguna para la posteridad; eso sí, fue un mal ejemplo, y en tanto puede hablarse de pecado original en cuanto los hombres pecan a semejanza de Adán. Por consiguiente: ni el bautismo es de absoluta necesidad para la vida eterna – se requiere sólo para poder formar parte de la Iglesia – ni la gracia es necesaria para las obras sobrenaturales, ni la Redención, siquiera, puede ser considerada como un rescate. La gracia es, solamente, una iluminación interior; no actúa sobre nuestra voluntad y no transforma nuestra alma; la Redención es, sin más, un reclamo, una invitación a una vida superior, pero permanece siempre exterior a nosotros, no crea nada dentro de nosotros.

Ya a los primeros asomos de esta herejía, llevada a África por Celso el año 310, el concilio cartaginés del 311 excomulgó a Celso y le obligó a recluirse en Palestina, donde se encontraba su amigo Pelagio. Si en Palestina la herejía encontró obispos complacientes, en África, la lucha conducida por San Agustín, se hizo encarnizada acabando por la condena de la herejía en el Concilio de Milevi del año 316; finalmente la Epístola tractoria del Papa Zósimo que, tomando un término medio entre las definiciones de los dos concilios africanos, condenó solemnemente la herejía: esta condena fue después confirmada por el Concilio de Éfeso del año 431.

Algunas expresiones radicales de San Agustín, en la polémica pelagiana, sobre la necesidad de la gracia hicieron pensar se trataba de quitar al libre arbitrio toda participación en la obra de la salvación; por este motivo algunos monjes del monasterio de San Víctor de Marsella se creyeron en el deber de proponer la siguiente doctrina: 1) está en poder del hombre el dirigirse a Dios a pedirle ayuda, como está en poder del enfermo el acudir al médico; 2) del mismo modo la predestinación eterna depende en último análisis de la voluntad humana, ya que a ésta corresponde perseverar hasta el fin. Un discípulo de San Agustín, San Próspero de Aquitania, denunció rápidamente semipelagianismo y fue el centro de varias polémicas teológicas durante casi un siglo hasta que, finalmente, el Concilio de Orange del año 529, aprobado solemnemente por Bonifacio II, lo condenó en 532, declarando y estableciendo que el hombre caído no puede ni obtener la fe ni desearla sin la gracia proveniente; y mucho menos perseverar en el bien sin una secuela de gracias coadyuvantes, ni perseverar hasta el fin sin un don especial ligado a su predestinación.

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