El deseo profundo del hombre

Por Beatriz Azañedo, publicado en Cathopic.com

El pintor Giorgio de Chirico tiene una obra de arte llamada: La nostalgia de lo infinito. En la imagen, podemos ver la silueta de dos personas y una gran torre muy alta detrás de ellas.

Una frase que escuché hace un par de años y que sigue resonando en mi interior a día de hoy dice así: hasta el más ateo desea el infinito.

Las personas suelen relacionar conceptos como “eternidad”, “infinito”, con los que somos creyentes. Y no están equivocados, pero la verdad es que hay un deseo imborrable e intransferible de eternidad en todo ser humano, en los más creyentes y en los menos, de aquí la frase anterior.

La religión es una necesidad para el hombre. Éste lleva a Dios en el fondo de su corazón.

MISIONERO JERÓNIMO USERA


Hay un deseo en nuestro interior de una belleza tan fuerte que nos puede producir incluso cierta nostalgia.

El ser humano por su naturaleza es finito, limitado, imperfecto. De aquí la complejidad de que convivan en nuestro interior una finitud, por lo que somos, junto a un deseo insaciable de infinitud.

¿Y qué es esta infinitud? Por un lado habréis experimentado que todo lo que hacemos en la tierra lo hacemos con una intención de que sea eterno, infinito, buscamos la eternidad en lo que tenemos a nuestro alrededor: relaciones, trabajo, creaciones artísticas, y nos frustramos porque en la tierra lo que más predomina es lo contrario: muchas cosas terminan. Y aquí sentimos esa tristeza por el deseo de querer que todo sea perenne, permanente. Cualidad que encontraremos sólo en el Cielo.

¿Y Quién ha puesto este deseo en nuestro interior? Un Ser infinito ha hecho que todos los seres finitos, sus criaturas, tiendan a Él, le busquen. Y así, todo lo hacemos movidos por este anhelo de infinitud. 

El hombre lleva en sí mismo una sed de infinito, una nostalgia de eternidad, una búsqueda de belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo impulsan hacia el Absoluto; el hombre lleva en sí mismo el deseo de Dios.

BENEDICTO XVI


La Divina Comedia es un gran libro que reúne un tema universal en todos los seres humanos, y esta es la grandeza de la literatura y de los grandes libros: tratan temas y preocupaciones que atañan al hombre de cualquier época.

Como nos diría el escritor y literato Franco Nembrini, el tema de La Divina Comedia es la posibilidad de que la vida se salve, es decir, de que en nuestra vida se cumpla el deseo que me constituye, la sed de felicidad que llevamos dentro. 

La Fe no teme a la Razón. Estas son como dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerlo a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo.

SAN JUAN PABLO II


Deseamos el bien, deseamos la verdad, la justicia y la belleza, y estas cuatro cosas nos llevan a Dios, al Infinito. 

En diferentes ocasiones de nuestra vida experimentamos estas cuatro cualidades.

La infinitud nos puede producir nostalgia, es contradictorio, porque podemos experimentar que no es fácil desear lo eterno, lo perfecto, siendo nosotros efímeros, imperfectos. 

También podemos sentir nostalgia cuando las cosas que están a nuestro alrededor, sin quererlo no nos mueven a la verdad, a la justicia, a la belleza, en el fondo es porque es un deseo creado por nosotros, no viene de Dios, entonces no nos mueve a la verdadera felicidad.

Volvamos al cuadro del que hablábamos en el inicio.

Giorgio de Chirico es un pintor italiano del siglo XX, fundador del movimiento artístico metafísico. Es conocido por su pintura metafísica, en la cual la atmósfera, el ambiente que observamos en los cuadros interpela al inconsciente, habla de temas que van más allá de la realidad física. Os animo a cerrar los ojos y a imaginaros cómo plasmaríais en un cuadro “la nostalgia de lo infinito” o el infinito.  

Quizá lo primero que os venga a la cabeza es el vacío, y no sería extraño, el infinito nos da una cierta sensación de vértigo. Como un espacio oscuro que es eterno.

Nuestro pintor seguramente hizo este mismo ejercicio, y el resultado fue una torre muy alta con una pareja a sus pies.

Quizá este pintor nos quería transmitir que en el fondo, todo lo que construimos en la tierra, en el caso del cuadro una relación de pareja, en todo buscamos esa Infinitud y queremos que tienda a la Verdad, al Bien y a la Belleza. Por eso la torre alta, para buscar y alcanzar el Cielo con todo lo que hacemos en la tierra. 

Franco Nembrini interpreta el Paraíso de Dante como la descripción de la experiencia del hombre que, con todo el dolor, puede vivir el paraíso en esta tierra. ¡Es su máximo deseo! 

No es fácil vivir a la altura de los deseos que ha puesto Dios en nuestro interior, pero la felicidad experimentada es garantía de que merezca la pena vivir así. Dios sopla sus planes en nuestro corazón y en nuestra conciencia. Quizá sea necesario darnos cuenta que vivir llenos de estímulos externos hace que nos paremos menos a escuchar y a dialogar con Dios. Te invito a dedicar un rato cada día a la oración, y como el pintor Giorgio de Chirico, en cada cosa que hagas en la tierra, construyas torres altas que te lleven a la eternidad: a Dios y a la Santísima Virgen María. Es la única forma de que se sacie tu sed de Infinito aquí en la tierra, aunque se colmará plenamente en el Cielo.

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