Con los pies de barro

Una de las lecturas que la liturgia propone es un pasaje del Libro de Daniel. El rey había tenido un sueño que le había producido una extremada inquietud, sin que luego recordara su contenido. Daniel, con la ayuda divina, conoce el sueño, lo relata al rey y lo interpreta: Tú mirabas -le dice el Profeta a Nabucodonosor- y, estabas viendo una gran estatua. Era muy grande y de un brillo extraordinario… La cabeza de la estatua era de oro puro; su pecho y sus brazos, de plata; su vientre y sus caderas, de bronce; sus piernas, de hierro, y sus pies, parte de barro y parte de bronce. Entonces, una piedra, no lanzada por mano de hombre, se desprendió y dio sobre los pies de la estatua, y quedó destrozada. Todo se vino abajo: el oro, la plata, el bronce, el hierro y el barro se desmenuzaron juntamente y fueron como tamo de las eras en verano; se los llevó el viento… Nada quedó de la estatua.

Tenemos los pies de barro, como esa estatua de la que habla el Profeta Daniel, y, además, la experiencia del pecado, de la debilidad, de las propias flaquezas, está patente en la historia del mundo y en la vida personal de todos los hombres. «Nadie se ve enteramente libre de su debilidad y de su servidumbre, sino que todos tienen necesidad de Cristo, modelo, maestro, salvador y vivificador». Cada cristiano es como una vasija de barro11, que contiene tesoros de valor inapreciable, pero por su misma naturaleza puede romperse con facilidad. La experiencia nos enseña que debemos quitar toda ocasión de pecado. Es esta una muestra de sabiduría, porque «puestos en ellas, no hay que fiar donde tantos enemigos nos combaten y tantas flaquezas hay en nosotros para defendernos».

El Señor, en su misericordia infinita, ha querido que esta fragilidad propia sea para nuestro bien. «Dios quiere que tu miseria sea el trono de su misericordia, y tu impotencia la sede de todo su poder». En nuestra debilidad resplandece el poder divino, y es un medio, quizá insustituible, para unirnos más al Señor, que nunca nos deja solos. Enseña a mirar con comprensión a nuestros hermanos que quizá estén pasando una mala época, pues –como enseña San Agustín– no hay falta o pecado que nosotros no podamos cometer. Y si aún no lo hemos cometido se debe a la misericordia divina, que nos ha preservado de ese mal.

Acudamos a Jesús, llenos de confianza: «Señor, que no nos inquieten nuestras pasadas miserias ya perdonadas, ni tampoco la posibilidad de miserias futuras; que nos abandonemos en tus manos misericordiosas; que te hagamos presentes nuestros deseos de santidad y apostolado, que laten como rescoldos bajo las cenizas de una aparente frialdad…

»—Señor, sé que nos escuchas. Díselo tú también»

Francisco Fernández Carvajal, Hablar con Dios

La riqueza de los más pobres

Celebrando el «Día de los Pobres»… ¡¡Los Pobres!!! ¿¿Quién sabe algo de los pobres, sino aquellos que son pobres…?? Y qué sabemos la mayoría de nosotros de los pobres porque sólo vemos su pobreza, no vemos la persona, el corazón que habita en su pecho…, en cómo se siente ante nuestra mirada, nuestra presencia, -los que un día salimos de ahí, o los que nunca han conocido el hambre, la suciedad, el cielo por techo…- y la mirada puesta en aquello que anhela, que le atrae más allá de la barrera de su cuerpo… sometido al capricho del tiempo, de la suerte… ¿de la suerte?… El pobre normalmente nada posee, por eso está disponible, alerta… Su alma busca lo que con el cuerpo no puede obtener… así que muy pronto sabe que «tiene alma», y que su alma no es visible a los ojos curiosos de nadie, ni siquiera a los propios… Pero su alma percibe mensajes, sentimientos, luces… que sólo él sabe descifrar… será por llenar su pequeño espacio de eso que no encuentra para su cuerpo… Y poco a poco, escuchando su alma, o el latir de su cerrazón -no sabe muy bien-, va anotando todo de los acontecimientos, acumulando así una especie de sabiduría con la que va creciendo… para, poco a poco, VER SU ROSTRO… el Rostro que le sigue y le guía, el Rostro que le agarra fuerte para que siga sus huellas que le hablan de Bondad y Belleza… ¿será esa Bondad y Belleza la imagen de su alma…?. Deben ser, porque ya no se apartan de él hasta descubrir en ellas la figura de otro POBRE, éste de verdad… también sus pies llenos de polvo, de heridas… así que se ató a su túnica, tomó su mano y en adelante supo agradecer que su «pobreza» le ayudara a descubrir su propia alma…, y en su alma encontrará otra mano «suplicante» como la suya… la mano abierta siempre de quién puso su Mirada en Él y que fue en su compañía todo el tiempo, aún sin que él lo supiera… «Cuida de mí Señor!!!! Que soy pobre y no tengo nada… cada mañana, como a las aves, como a los lirios, cuida de mí…!!!»


Rosario Aguilar, de Amistad en Cristo

Reflexión sobre el Padre Nuestro de una niña de 10 años

«Padre Nuestro que estás en el Cielo y en la tierra, Señor te siento cuando hago acciones buenas, en la comunión y el vino y el pan de la Iglesia. Y en muchas cosas más te puedo encontrar, pero si las escribo serán infinitas. Nos ayudas, nos perdonas, nos guías al buen camino. Gracias a ti he superado obstáculos, curvas y me has enseñado a no rendirme, a tener fe, esperanza, corazón, sentido y me has alegrado la vida y yo sé que cada día me la alegrarás más… Yo confío en ti».

Stisy, 10 años. Alumna de Conchita Jaraiz, de Amistad en Cristo

Reflexión al Evangelio del Domingo 20 de Noviembre

Que alegría cuando me dijeron… nuestra cita semanal alrededor del Altar, Adorando a nuestro único Rey y Señor del Universo, unidos nuestros corazones entrelazados amándonos desde el corazón de nuestro AMOR de los Amores. Que maravilla Dios mío, no tengo palabras, mi alma, nuestra alma está sedienta de Ti, calma nuestra sed con Tu Palabra, con Tu Amor, con Tu Verdad…como serenaste la angustia y el sufrimiento del ladrón Dimas que al instante que te imploró perdonaste sus pecados y le abriste las puertas del Cielo. La Cruz es tu trono Jesús amado, de espinas Tu corona y un palo Tu palio, el silencio Tu grito de amor, de humildad, de misericordia, reparando por nosotros pobres pecadores. Solo podemos decirte Señor mío y Dios mío, Rey de Reyes Adorado.
Jesucristo Rey del Universo Señor del Cielo y de la tierra, de la Iglesia y de nuestras almas.

Donde está la cruz, no hay lugar para los signos de la fuerza. Cristo es Rey. Pero no tiene armas su reino no es de este mundo hermanos mío….
Venga a nosotros Tu Reino Señor, nuestro pobre corazón es tu trono.

Concha Puig

Lectura del Santo Evangelio según san Lucas (23,35-43):

En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo:

«A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».

Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo:

«Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».

Había también por encima de él un letrero:

«Este es el rey de los judíos».

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:

«¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».

Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía:

«¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo».

Y decía:

«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».

Jesús le dijo:

«En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Carta de una pequeña Cruz de metal a una joven

Entre tus manos

Cada ­­­­mañana me miras, incluso me besas y yo no entiendo del todo por qué. Soy un trozo de metal, soy pequeño y muchas veces estoy frío. Pero a ti eso no te importa, me sostienes en tu mano y me calientas. Para ti tengo un significado importante, y puede que otros no lo entiendan, pero tú sí. Te podría decir que incluso me quieres, porque me ves y te acuerdas de mí, que estoy Arriba, pero que también estoy dentro de ti, y mi Rostro está en tus amigos, en tu familia, en la gente que sufre, en los tristes y en los marginados. También estoy en la Iglesia que está al lado de tu casa, sí, aquella grande que está doblando la calle y donde intentas encontrarte conmigo, menos veces de las que te gustaría o de las que te pide tu interior.

Sí, soy tu pequeña cruz que tienes en el escritorio. Recuerdo que me llevaste contigo a las aguas del mar de Galilea, en Jerusalén, y por un momento tuviste miedo de que el agua me oxidase. Pero no fue así, porque el mar de Galilea contiene esas mismas aguas donde hubo milagros y tú sabes bien que todo lo que viene de mí purifica, no ensucia, ni daña. Me volviste a guardar delicadamente en la mochila, siempre a buen recaudo, metiéndome en compartimentos donde me sienta segura y protegida, donde no me pueda perder. Me cuidas muy bien, pero no tanto como yo a ti.

Me acuerdo cuando hace ya casi más de un año que estabas muy triste. Entonces me llevabas en el interior de tu mano que ocultabas en el bolsillo de esa cazadora negra que tanto te gusta. Mis extremidades te hacían daño, me apretabas tan fuerte que se te clavaban en tu palma de la mano, pero imagino que eso no te importaba, porque sentías mi compañía, tanto como si estuviera físicamente a tu lado. Me mirabas, me mirabas en la Cruz, crucificado, y te reflejabas en mi sufriendo. Pero yo te susurraba que el dolor no es lo último, que tiene un sentido, incluso que puede nacer de ahí belleza, como ocurrió con mi Resurrección, y eso te pasó, cuando dejaste que te acompañase en tu largo padecer.

De esa mala época nos fuimos hasta Italia, me metiste en tu maleta junto a muchas ilusiones pero también muchos miedos de estar sola tanto tiempo por primera vez lejos de tu casa. En Verona me tenías en tu escritorio, y ya no me llevabas a la calle. Me pasé meses en tu cuarto, en este cuarto tan acogedor con un gran ventanal por donde se colaba la luz y donde te asomabas y todo eran árboles. Quizá no te acuerdas, pero desde la mesa te observaba, te soplaba compañía y tranquilidad, y te hacía sentir como en casa a pesar de que estuvieras tan lejos de tu familia.

Ahora sigo en tu escritorio, en Madrid, y te acompaño aunque a veces no te acuerdes. Noto cuando estás muy contenta, cuando acudes a mí para darme gracias por lo bueno del día, pero también sé cuando estas triste, y cuando acudes a mí para aliviarte.

Beatriz Azañedo Jaraiz, joven de Amistad en Cristo con María

Poemas de Sor Juana Inés de la Cruz

Amor empieza por desasosiego

Amor empieza por desasosiego,
solicitud, ardores y desvelos;
crece con riesgos, lances y recelos;
susténtase de llantos y de ruego.

Doctrínanle tibiezas y despego,
conserva el ser entre engañosos velos,
hasta que con agravios o con celos
apaga con sus lágrimas su fuego.

Su principio, su medio y fin es éste:
¿pues por qué, Alcino, sientes el desvío
de Celia, que otro tiempo bien te quiso?

¿Qué razón hay de que dolor te cueste?
Pues no te engañó amor, Alcino mío,
sino que llegó el término preciso.

Con el dolor de la mortal herida

Con el dolor de la mortal herida,
de un agravio de amor me lamentaba,
y por ver si la muerte se llegaba
procuraba que fuese más crecida.

Toda en el mal el alma divertida,
pena por pena su dolor sumaba,
y en cada circunstancia ponderaba
que sobraban mil muertes a una vida.

Y cuando, al golpe de uno y otro tiro
rendido el corazón, daba penoso
señas de dar el último suspiro,

No sé con qué destino prodigioso
volví a mi acuerdo y dije: qué me admiro?
Quién en amor ha sido más dichoso?

En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?

En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas;
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi pensamiento
que no mi pensamiento en las riquezas.

Y no estimo hermosura que, vencida,
es despojo civil de las edades,
ni riqueza me agrada fementida,

teniendo por mejor, en mis verdades,
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.

Éste que ves, engaño colorido

Éste que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;

éste, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,

es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:

es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y en tus acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba;

y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía,
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.

Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste

con sombras necias, con indicios vanos:
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.

«Sabrás…» Papa Juan XXIII

Sabrás del dolor de estar solo y de la pena de estar con muchos. Sabrás de lo negras que son las noches y lo largos que pueden ser los días. Sabrás del hambre de la carne y de la angustia del espíritu. Sabrás de la traición de los leales y de la dura crueldad de los perfectos. Sabrás del esperar sin paz y del aguardar con miedo. Sabrás que ya es tarde y además casi imposible. Sabrás que los demás no entienden, y quizás… no les importa… Sabrás de la deserción de los tuyos y del desprecio de todos. Sabrás que no se te perdona y que no se te atiende. Sabrás que eres el último y aún menos…

Pero también sabrás que el dolor redime, la soledad cura, la fe agranda, el amor ayuda, la comprensión alienta, la esperanza sostiene, el olvido mitiga, el perdón fortalece. Que todo está en ti, y que contigo está Él…

Papa Juan XXIII

Reflexión al Evangelio del Domingo 13 de Noviembre

Buenos días mis hermanos en Cristo.

Qué alegría cuando me dijeron… nuestra cita semanal alrededor del Altar, todos unidos en el Corazón de nuestro Amor de los Amores.

«Que os améis como Yo os he amado».

Para amar como Jesús nos amó debemos dejarnos transformar totalmente por Él, para que así, transformados en Cristo, amemos como Él amó y entonces, con toda propiedad, nuestra vida entera sea un continuo por Cristo, con Él y en Él

Esta transformación solamente puede realizarla el Espíritu Santo por medio de la Eucaristía, que nos transforma en Aquél que recibimos.

P. Pedro Rubio

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 

Lc 21, 5-19 En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: «Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido».

Entonces le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?» Él les respondió: «Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin».

Luego les dijo: «Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles.

Pero antes de todo esto los perseguirán a ustedes y los apresarán; los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Con esto darán testimonio de mí.

Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes.

Los traicionarán hasta sus propios padres, hermanos, parientes y amigos. Matarán a algunos de ustedes y todos los odiarán por causa mía. Sin embargo, no caerá ningún cabello de la cabeza de ustedes. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida».


Letanías de Humildad del Cardenal Merry del Val y el sacerdote Fabio Rosini

Jesús manso y humilde de Corazón, -Óyeme.

(Después de cada frase decir: Líbrame Jesús)

Del deseo de ser valorado,

Del deseo de ser alabado,

Del deseo de ser exaltado,

Del deseo de ser buscado, 

Del deseo de ser amado, 

Del deseo de ser honrado.

Del deseo de ser preferido a los demás, 

Del deseo de ser consultado,

Del deseo de ser aceptado,

De todo odio y de toda envidia,

De todo resentimiento y rencor, 

De toda venganza, 

De todo prejuicio, 

De toda forma de egoísmo, 

De toda tendencia a juzgar y condenar, 

De la murmuración y la crítica, 

De todo juicio precipitado y toda calumnia, 

Del orgullo y la ostentación,

De toda susceptibilidad e impaciencia, 

De la tendencia a apartarme, 

De la sospecha y desconfianza, 

De toda mala disposición, 

De toda forma de indiferencia, 

De toda prepotencia, 

De toda descortesía, 

De toda sugestión del diablo, 

De toda ofuscación de las pasiones, 

Del miedo a ser humillado,

Del miedo a ser despreciado,

Del miedo a ser rechazado,  

Del miedo a ser calumniado,

Del miedo a ser olvidado,

Del miedo a ser ofendido, 

Del miedo a ser injuriado,

Del miedo a ser abandonado. 

(Después de cada frase decir: Jesús dame la gracia de desearlo)

Que los demás sean amados por el mundo más que yo. 

Que los demás sean estimados por el mundo más que yo. 

Que los demás puedan crecer en la opinión del mundo y que yo pueda disminuir.

Que los demás puedan ser preferidos del mundo y yo sea marginado. 

Que los demás puedan ser alabados por el mundo y yo olvidado. 

Que los demás puedan ser Santos más que yo, para que yo me convierta en lo que tú quieres. 

Haz que mi corazón sea parecido al Tuyo. 

(Después de cada frase decir: Ruega por nosotros)

Jesús, que viniste al mundo para salvar a los hombres, 

Jesús, que amaste a los pobres,

Jesús, que consolaste a los que sufren,

Jesús, que sufriste por los pecadores, 

Jesús, que hablaste dulcemente a los que te abofeteaban y traicionaban, 

Jesús, que alabaste al buen samaritano, 

Jesús, que moriste en la Cruz, 

Jesús, que sigues renovando tu sacrifico de amor por nosotros. 

Santa María, Virgen pequeña y humilde. 

San José protector de los humildes, 

San Miguel Arcángel que fuiste el primero en abatir el orgullo. 

Oración:

Oh Jesús que, siendo Dios, te humillaste hasta la muerte, y muerte de cruz, para ser ejemplo perenne que confunda nuestro orgullo y amor propio. Concédenos la gracia de aprender y practicar tu ejemplo, para que humillándonos como corresponde a nuestra miseria aquí en la tierra, podamos ser ensalzados hasta gozar eternamente de ti en el cielo.

¿Hay un ejemplo de humildad más grande que el mismo Dios orando?

Comentario al Evangelio del Domingo 6 de noviembre

Qué alegría cuando me dijeron vamos a unirnos todos alrededor de tu altar, Jesús amado, a nuestra cita semanal…pidiendo los unos por los otros. Llenémonos del amor de Dios, pensemos y meditemos lo que hoy nos dice su palabra, tengamos silencio interior, preparemos nuestra alma para recibir a nuestro Rey Adorado. Fijaros los saduceos y fariseos se llevaban mal porque unos creían en la resurrección y los otros no, pero se unen solo para atacar a Jesús. Te pedimos hoy Señor que siempre te seamos fieles.

Pedimos a San Juan Pablo II, que hoy se celebra su primera visita a España, por todas las diócesis de España y del mundo entero.

Con nuestra Madre, San José y nuestro Ángel Custodio. Gracias y perdón.

Concha Puig

Evangelio (Lc 20,27-38)

Se le acercaron algunos de los saduceos —que niegan la resurrección— y le preguntaron:

—Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si muere el hermano de alguien dejando mujer, sin haber tenido hijos, su hermano la tomará por mujer y dará descendencia a su hermano». Pues bien, eran siete hermanos. El primero tomó mujer y murió sin hijos. Lo mismo el segundo. También el tercero la tomó por mujer. Los siete, de igual manera, murieron sin dejar hijos. Después murió también la mujer. Entonces, en la resurrección, la mujer ¿de cuál de ellos será esposa?, porque los siete la tuvieron como esposa.

Jesús les dijo:

—Los hijos de este mundo, ellas y ellos, se casan; sin embargo los que son dignos de alcanzar el otro mundo y la resurrección de los muertos, no se casan, ni ellas ni ellos. Porque ya no pueden morir otra vez, pues son iguales a los ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Que los muertos resucitarán lo mostró Moisés en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob. Pero no es Dios de muertos, sino de vivos; todos viven para Él.