Palabras del Papa en el Sínodo de los Obispos

Queridos hermanos en el episcopado, queridos hermanos y hermanas:

Al inicio de nuestro Sínodo, la Liturgia de las Horas nos propone un fragmento del gran salmo 118 sobre la Palabra de Dios: un elogio de esta Palabra suya, expresión de la alegría de Israel por poderla conocer y, en ella, poder conocer su voluntad y su rostro. Quisiera meditar con vosotros algunos versículos de este pasaje del Salmo.

Comienza así: “In aeternum, Domine, verbum tuum constitutum est in caelo… firmasti terram, et permanet” (“Para siempre, Señor, tu palabra, firme está en los cielos… tú fijaste la tierra, ella persiste&rdquo . Se habla de la solidez de la Palabra. Ella es sólida, es la verdadera realidad sobre la que basar la propia vida. Recordemos la palabra de Jesús que continúa esta palabra del Salmo: “Cielo y tierra pasarán, pero mi palabra no pasará”. Humanamente hablando, la palabra, nuestra palabra humana, es un casi nada en realidad, un aliento. Apenas pronunciada, desaparece. Parece no ser nada. Pero ya la palabra humana tiene una fuerza increíble. Son las palabras las que crean la historia, son las palabras las que dan forma a los pensamientos, los pensamientos de los que viene la palabra. El la palabra la que forma la historia, la realidad.

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