Ángelus del Papa Francisco, 1 enero 2016

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y feliz año!

Al inicio del año es hermoso intercambiarse las felicitaciones. Renovamos así, unos a otros, el deseo que aquello que nos espera sea un poco mejor. Es en fondo, un signo de la esperanza que nos anima y nos invita a creer en la vida. Pero sabemos que con el año nuevo no cambiará todo, y que tantos problemas de ayer permanecerán también mañana. Entonces quisiera dirigir un deseo sostenido de una esperanza real, que traigo de la Liturgia de hoy.

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Son las palabras con las cuales el Señor mismo pide bendecir su pueblo: «El Señor haga resplandecer para ti su rostro […]. El Señor dirija a ti su rostro» (Nm 6,25-26). También yo les deseo esto: que el Señor ponga su mirada sobre ustedes y que puedan alegrarse, sabiendo que cada día su rostro misericordioso, más brillante que el sol, resplandece sobre ustedes y ¡no se oculta nunca! Descubrir el rostro de Dios hace nueva la vida. Porque es un Padre enamorado del hombre, que no se cansa nunca de recomenzar del inicio con nosotros para reencontrarnos. El Señor tiene una paciencia con nosotros, no se cansa nunca de recomenzar desde el inicio cada vez que nosotros caemos. Pero no promete cambios mágicos, Él no usa la vara mágica. Ama cambiar la realidad desde dentro, con paciencia y amor; pide entrar en nuestra vida con delicadeza, como la lluvia en la tierra, para llevar fruto. Y siempre nos espera y nos mira con ternura. Cada mañana, al despertar, podemos decir: “Hoy el Señor hace resplandecer su rostro sobre mí”. Hermosa oración que es una realidad.

La bendición bíblica continúa así: «[El Señor] te conceda paz» (v. 26). Hoy celebramos la Jornada Mundial de la Paz, que tiene por tema: “Vence la indiferencia y conquista la paz”. La paz, que Dios Padre desea sembrar en el mundo, debe ser cultivada por nosotros. No sólo, debe ser también “conquistada”. Esto implica una verdadera lucha, una lucha espiritual que tiene lugar en nuestro corazón. Porque enemiga de la paz no es sólo la guerra, sino también la indiferencia, que hace pensar sólo a sí mismos para crear muros, sospechas, miedos y cerrazones. Estas cosas son enemigas de la paz. Tenemos, gracias a Dios, tantas informaciones; pero a veces estamos tan sumergidos de noticias que nos distraemos de la realidad, del hermano y de la hermana que necesitan de nosotros. Comencemos a abrir el corazón, despertando la atención hacia el prójimo, a quien es más cercano. Este es el camino para la conquista de la paz.

Nos ayude en esto la reina de la Paz, la Madre de Dios, de quien hoy celebramos la solemnidad. El Evangelio de hoy afirma que Ella «guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). ¿De qué cosas se trata? Ciertamente de la alegría por el nacimiento de Jesús, pero también de las dificultades que había encontrado: había tenido que colocar a su Hijo en un pesebre porque «para ellos no había lugar en el alojamiento» (v. 7), y el futuro era muy incierto. Las esperanzas y las preocupaciones, la gratuidad y los problemas: todo aquello que sucedía en la vida se transformaba, en el corazón de María, en oración, diálogo con Dios. He aquí el secreto de la Madre de Dios. Y ella hace así también con nosotros: guarda las alegrías y desata los nudos de nuestra vida, llevándolos al Señor.

Esta tarde iré a la Basílica de Santa María La Mayor para la apertura de la Puerta Santa. Encomendamos a la Madre el año nuevo, para que crezcan la paz y la misericordia.

Palabras del Papa en la Misa de la Sagrada Familia

El Papa recuerda que los padres no son “ni amigos ni dueños de la vida de sus hijos sino guardianes de este don incomparable de Dios”

Como es ya tradición, el Papa Benedicto XVI se ha referido en el rezo del Ángelus a los miles de fieles que se han dado cita en Madrid para celebrar la fiesta de la Sagrada Familia.

“No son los amigos o los dueños de la vida de sus hijos sino los guardianes de este don incomparable de Dios”. Así lo ha expresado Benedicto XVI en su alocución previa al rezo del Ángelus en el día de la Sagrada Familia. Como es ya tradición, al final de la oración, el Papa saludó en castellano a los presentes en la Eucaristía que, un año más, se está celebrando en Colón.

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Año de la fe

EL AÑO DE LA FE

Al anunciar el año de la fe, el Papa dijo que este tiempo busca “dar un impulso a la misión de toda la Iglesia, para conducir a los hombres lejos del desierto en el cual muy a menudo se encuentran en sus vidas a la amistad con Cristo que nos da su vida plenamente”

Homilía de S.S en el Ángelus

RV) En sus palabras para introducir el rezo mariano del Ángelus – en este día en que celebramos con gran alegría la fiesta de Todos los Santos – Benedicto XVI se ha referido a la estupenda sensación de asombro que se percibe cuando, visitando un jardín botánico, admiramos la variedad de plantas y flores, que nos lleva a pensar en “la fantasía del Creador, que ha hecho de la tierra un maravilloso jardín”.

“Sentimiento éste que se asemeja al que nos inunda cuando consideramos el espectáculo de la santidad y el mundo se nos presenta como un ‘jardín, donde el Espíritu de Dios ha suscitado con admirable fantasía una multitud de santos y santas, de toda edad y condición social, de toda lengua, pueblo y cultura”, enfatizó el Papa, haciendo hincapié en que, aun siendo distintos entre sí, ‘todos llevan el sello de Jesús’: “Cada uno es distinto, con la singularidad de su propia personalidad humana y de su propio carisma espiritual. Sin embargo, todos llevan impreso ‘el sello’ de Jesús (cfr. Ap 7,3), es decir la impronta de su amor, testimoniado por medio de la Cruz. Todos están en el gozo, en una fiesta sin fin, pero – como Jesús – han logrado esta meta pasando por la fatiga y la prueba (cfr Ap 7, 14), afrontando cada uno su propia parte de sacrificio para participar en la gloria de la resurrección”.

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Palabras del Papa en el Sínodo de los Obispos

Queridos hermanos en el episcopado, queridos hermanos y hermanas:

Al inicio de nuestro Sínodo, la Liturgia de las Horas nos propone un fragmento del gran salmo 118 sobre la Palabra de Dios: un elogio de esta Palabra suya, expresión de la alegría de Israel por poderla conocer y, en ella, poder conocer su voluntad y su rostro. Quisiera meditar con vosotros algunos versículos de este pasaje del Salmo.

Comienza así: “In aeternum, Domine, verbum tuum constitutum est in caelo… firmasti terram, et permanet” (“Para siempre, Señor, tu palabra, firme está en los cielos… tú fijaste la tierra, ella persiste&rdquo . Se habla de la solidez de la Palabra. Ella es sólida, es la verdadera realidad sobre la que basar la propia vida. Recordemos la palabra de Jesús que continúa esta palabra del Salmo: “Cielo y tierra pasarán, pero mi palabra no pasará”. Humanamente hablando, la palabra, nuestra palabra humana, es un casi nada en realidad, un aliento. Apenas pronunciada, desaparece. Parece no ser nada. Pero ya la palabra humana tiene una fuerza increíble. Son las palabras las que crean la historia, son las palabras las que dan forma a los pensamientos, los pensamientos de los que viene la palabra. El la palabra la que forma la historia, la realidad.

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Palabras del Papa en Lourdes

 “¡Qué dicha tener la Cruz! Quien posee la Cruz posee un tesoro” (S. Andrés de Creta, Sermón 10, sobre la Exaltación de la Santa Cruz: PG 97,1020).

En este día en el que la liturgia de la Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el Evangelio que acabamos de escuchar, nos recuerda el significado de este gran misterio: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para salvar a los hombres (cf. Jn 3,16). El Hijo de Dios se hizo vulnerable, tomando la condición de siervo, obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (cf. Fil 2,8). Por su Cruz hemos sido salvados.

… La señal de la Cruz es de alguna forma el compendio de nuestra fe, porque nos dice cuánto nos ha amado Dios; nos dice que, en el mundo, hay un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que nuestras debilidades y pecados. El poder del amor es más fuerte que el mal que nos amenaza.

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Alocución del Papa en Australia

“…estoy aquí ante todo para reunirme con los jóvenes, tanto de Australia como de cualquier otra parte del mundo, y para rezar por una renovada efusión del Espíritu Santo sobre todos los que tomarán parte en nuestras celebraciones. El tema elegido para la Jornada Mundial de la Juventud de 2008 está tomado de las palabras dirigidas por Jesús mismo a sus discípulos, tal como aparecen en los Hechos de los Apóstoles: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo para ser mis testigos… hasta los confines del mundo” (1,8). Pido para que el Espíritu Santo otorgue una renovación espiritual a este País, al pueblo australiano, a la Iglesia en Oceanía y realmente hasta los extremos de la tierra. Los jóvenes hoy se encuentran ante una variedad desconcertante de opciones de vida, de modo que a ellos a veces les resulta arduo saber cómo encauzar mejor sus ideales y su energía. Es el Espíritu quien da la sabiduría para discernir el sendero justo y el valor para recorrerlo. Él corona nuestros pobres esfuerzos con sus dones divinos, como el viento, que, inflando las velas, hace avanzar la nave mucho más de lo que los pescadores logran con la fatiga de su remar. Así el Espíritu hace posible que los hombres y mujeres de cada lugar y de cada generación lleguen a ser santos. Que por obra del Espíritu los jóvenes reunidos para la Jornada Mundial de la Juventud tengan la audacia de llegar a ser santos. Esto es de lo que tiene necesidad el mundo, más que de cualquier otra cosa…”

“…Con la fuerza del Espíritu Santo tenéis que recorrer el mundo, diciendo que Cristo vive y que habéis encontrado al gran amigo que nunca falla…”

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