¿Cristo vuelve o no vuelve?

juiciofinal4_150“Yo, Jesús, he enviado a mi mensajero para dar testimonio de estas cosas a las Iglesias. Yo soy el Retoño de David y su descendencia, la Estrella radiante de la mañana. El Espíritu y la Esposa dicen: ‘¡Ven!’, y el que escucha debe decir: ‘¡Ven!’ Que venga el que tiene sed, y el que quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida. Yo advierto a todos los que escuchan las palabras proféticas de este Libro: ‘Si alguien pretende agregarles algo, Dios descargará sobre él las plagas descritas en este Libro. Y al que se atreva a quitar alguna palabra de este Libro profético, Dios le quitará su parte del árbol de la vida y de la Ciudad santa, que se describen en este Libro’. El que garantiza estas cosas afirma: ‘¡Sí, volveré pronto!’ ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! Que la gracia del Señor Jesús permanezca con todos. Amén.”(Ap.22, 16-21)

 

Con esas palabras concluye el Apocalipsis. Cristo vuelve. Así nos lo dice la doctrina de la fe. Así lo afirmamos al recitar el Credo: “… y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”. Este es un artículo fundamental de nuestra fe católica. En la Misa exclamamos: “Cada vez que comemos de este Pan y bebemos de este Cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas”. O bien, “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven Señor Jesús!”Son palabras que decimos para pedirle que vuelva pronto, que no se tarde en venir. Pero se nos ha hecho tal la costumbre de pronunciarlas que hemos perdido de vista su real significado.

Resulta extraño constatar que esta verdad central de nuestra fe está casi ausente en las predicaciones y las catequesis. Exceptuando la liturgia, es difícil detectarla en el contenido de la acción concreta la Iglesia. Tampoco está presente en las con versaciones entre hermanos en la fe, y no se hace fácilmente perceptible en nuestras vidas. Vivimos como persuadidos de que el regreso de Nuestro Señor no va a acontecer todavía, al menos en el tiempo de nuestras vidas. Pensamos que eso sucederá luego, mucho después. Tanto tardará en venir que no es preciso apurar ningún preparativo. A otras generaciones les tocará ocuparse de ello.

Los cristianos ya no vivimos expectantes, no miramos hacia el Oriente porque no anhelamos la venida definitiva de Cristo. Pero sí que hay otros advenimientos que logran captar nuestra atención: lo que se viene en el mundo tecnológico, los modelos de automóviles que están por salir al mercado, el próximo campeonato de fútbol, los vaivenes de la economía, las decisiones que emanarán de las poderosas organizaciones internacionales que gobiernan este mundo, etcétera.

El olvido del advenimiento que los cristianos hemos de esperar expectantes no puede causar más que daño. No sólo a nosotros mismos, también a quienes aún no conocen a Cristo.

Nos daña porque nos distrae de tal manera que nuestra vida puede disiparse perdiendo de vista su centro y su dirección, y nublándose su sentido: ¿En qué se convierte un cristiano que no anhela la llegada de su Señor? Si justamente el cristiano es alguien que por la fe en Cristo vive en la esperanza de Su manifestación gloriosa.

El olvido de esta promesa del Señor daña también a los demás. Cuando alguien es enviado a cumplir una misión no puede dormirse o entretenerse por el camino sin riesgo de arruinarla. El cristiano es enviado a anunciar el Evangelio, es decir anunciar a Cristo y proclamar que Él vuelve a buscar a los suyos. Pero si el mensajero se duerme o se distrae con las cosas de este mundo, los destinatarios de la Buena Noticia dejan ya de recibirla. Si los que aún no creen en Cristo no perciben en nosotros la urgencia que produce en nuestras vidas la próxima venida del Señor, entonces no estarán viendo nada diferente de lo que ven en cualquier hombre de buena voluntad. Seremos cual sal que ha perdido su sabor.

En su libro Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, Leonardo Castellani escribe al respecto: “el mundo moderno no entiende lo que le pasa. Dice que el cristianismo ha fracasado. Inventa sistemas, a la vez fantásticos y atroces, para salvar a la humanidad. Está a punto de dar a luz una nueva religión. Está lleno de profetas que dicen ‘Yo soy. Aquí estoy. Este es el programa para salvar al mundo. La Carta de la Paz, el Pacto del Progreso y la Liga de la Felicidad. ¡La Una, la Onu, la Onam, la Unesco! (LA ALIANZA DE LAS CIVILIZACIONES…) ¡Mírenme a mí! Yo soy’. […] Es ateísmo radical revestido de las formas de la religiosidad. Con retener todo el aparato externo y la fraseología cristiana, falsifica el cristianismo, transformándolo en una adoración del hombre; o sea, sentando al hombre en el templo de Dios, como si fuese Dios. (Esto, también se ha infiltradado en la Iglesia, en el Templo, en la Sagrada Liturgia) Exalta al hombre como si sus fuerzas fuesen infinitas. Promete al hombre el reino de Dios y el paraíso en la tierra por sus propias fuerzas. La adoración de la Ciencia, la esperanza en el Progreso y la desaforada Religión de la Democracia, no son sino idolatría del hombre; o sea, el fondo satánico de todas las herejías, ahora en estado puro. De los despojos muertos del cristianismo protestante, galvanizados por un espíritu que no es el de Cristo, una nueva religión se está formando ante nuestros ojos. Esto se llamó sucesivamente filosofismo, naturalismo, laicismo, protestantismo liberal, relativismo, catolicismo liberal, modernismo… Todas estas corrientes confluyen ahora y conspiran a fundirse en una nueva fe universal […] Esta religión no tiene todavía nombre y, cuando lo tenga, ese nombre no será el suyo. Todos los cristianos que no creen en la Segunda Venida de Cristo se plegarán a ella. Y ella les hará creer en la venida del Otro. ‘Porque yo vine en nombre de mi Padre y no me recibisteis; pero otro vendrá en su propio nombre y le recibiréis’ (San Juan, V, 43)”.

Cristo vuelve. Despertemos, que Él viene; y aún tenemos que completar cada cual nuestra misión. Hay mucho por hacer, la cosecha es abundante, los trabajadores pocos. Pero menos serán si permanecemos dormidos.

PADRE MIGUEL ANGEL

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