Al menos tú, ámame

Avai_AFCIAA5vqfUno de los mensajes más importantes de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús es el de la reparación de las ofensas infligidas a Su amor por nuestros pecados y por los pecados del mundo entero. Nuestra cultura se ha alejado de esta noción de reparación porque ha perdido el sentido del pecado y hemos perdido sensibilidad ante la noción de reparación. Se repara algo que se ha destruido: se repara una casa en ruinas, un aparato que no funciona, una relación humana que se ha deteriorado. Quien repara quiere reconstruir aquello que se ha dañado.

El pecado como tal sólo Dios lo puede reparar, porque la ofensa a Dios que es el pecado no puede ser reparada por ninguna acción humana. En este sentido el gran reparador es Cristo, quien con su obediencia amorosa al Padre está dispuesto a seguir sus planes de amor en favor de la humanidad y asume la condición humana, ofreciéndose como víctima de amor en la cruz por nosotros. El pecado es una ofensa al amor de Dios y se repara, uniéndonos al amor de Cristo que permite a nuestro amor tener un valor incalculable, unido al amor de Cristo.

Cuando Jesús muestra su corazón a Santa Margarita María y le dice: “He aquí mi Corazón que tanto ha amado a los hombres”, lo que le está recordando es que el ofrecimiento de amor por parte de Dios para la salvación del hombre ya está realizado, de una vez por todas, en la cruz. Nosotros reparamos en la medida en que ofrecemos nuestro pobre amor y nuestra pequeña vida, con todo lo que ella comporta, al amor de Cristo para que tenga un valor de salvación para las almas. En este sentido nuestros sacrificios y sufrimientos adquieren un valor único y especial. En lugar de ser algo “perdido” y sin sentido, todo dolor -que desgarra profundamente el ser del hombre hecho para la felicidad perfecta-, adquiere un valor infinito unido al amor de Cristo. Reparar es amar con Cristo, con Él y en Él. Esto es lo que el sacerdote dice en la Misa al concluir la oración eucarística: “Con Cristo, con Él y Él a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”. El pueblo responde: “Amén”, que es un “así sea” y también un “yo me uno a Cristo para la gloria del Padre y la salvación de los hombres”.

Podemos y debemos reparar en primer lugar nuestros pecados con actos de penitencia, de oración, con un “plus” de amor. Podemos y debemos reparar los pecados del mundo entero, uniendo nuestra vida a Cristo, nuestros sufrimientos, pero también gozos y esperanzas. Esto es lo que podemos hacer también en esta novena: aprender a reparar, preguntándonos: “¿Qué puedo reparar en mi vida? ¿Qué debo reparar? ¿Cómo puedo amar más? ¿Cómo puedo amar mejor?”. El Sagrado Corazón le dijo a Margarita María: “Al menos tú, ámame”. Este mismo mensaje llega hoy a nuestra alma. Dispongámosla para responder: “Sí, Señor, yo te quiero amar; yo quiero reparar las ofensas a tu amor, mías y de los demás; yo quiero amarte con toda mi alma, con todo mi corazón, con todas mis fuerzas; como Tú, oh Cristo, nos has amado, hasta el final”. Amén.

P. Pedro Barrajón lc, Consiliario de Amistad en Cristo

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