Hemos venido a adorarlo

Queridos todos, feliz año nuevo! Os envío una pequeña reflexión! Afectísimo en Cristo, P. Pedro Barrajon, lc.

Hemos venido a adorarlo

La fiesta de la Epifanía del Señor es celebrada en algunos países como la fiesta en que se dan regalos a los niños, recordando los regalos, oro, incienso y mirra, que los magos de oriente trajeron al Niño Jesús. El Evangelio de San Mateo nos dice que cuando llegaron a Belén, a la casa donde estaba el Niño con su Madre, “postrándose le adoraron” (Mt 2, 11). Los magos de Oriente nos recuerdan un elemento esencial de la oración que para nosotros, hombres acostumbrados a una vida ajetreada, nos es particularmente difícil: la adoración. El Catecismo de la Iglesia Católica define la adoración como “la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador” (n. 2628). Entrar en verdadera oración es adorar, es verse creatura, mendigo del amor de Dios. Es una acción de verdad, de reconocer lo que se es ante quien es omnipotente. Hemos perdido la costumbre de adorar. Nuestras oraciones a veces son largas listas de peticiones a Dios. Y no es que esto esté mal, pero tiene que ir unido a esa actitud de los magos de oriente, de postrar el espíritu para reconocer la grandeza divina de frente a nuestra pequeñez.

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Para adorar hay que saber guardar silencio, hay que saber contemplar y hay que saber ofrecer dones como hicieron los magos. El Evangelio de San Mateo no nos reporta palabras de estos misteriosos personajes, sino sólo el acto de postrarse ante el Niño recién nacido. Ellos pudieron descubrir la estrella que los guio hasta Jesús gracias a esa capacidad de silencio y de contemplación que les permitió descubrir la voluntad de Dios que los conduciría hasta Belén. Quien sabe adorar se convierte en hombre contemplativo. ¡Qué gran necesidad tenemos todos de favorecer la vida de contemplación en nuestra vida! ¡Cómo se echa de menos esa capacidad que permite sintonizar con el Señor y captar los latidos de su Corazón con naturalidad y facilidad!

“¡Contempladlo y quedaréis radiantes! (Sal 34, 6). El mundo de hoy necesita de rostros radiantes, de hombres y de mujeres que han contemplado a Dios, que lo han adorado y que se han ofrecido a Él en holocausto. Necesitamos nosotros mismos ser esos hombres y mujeres contemplativos para poder afrontar tantos problemas de la vida diaria que no requieren sólo de soluciones técnicas sino de esa sabiduría del corazón que da la contemplación.

Como los magos también nosotros podemos ofrecer en nuestra oración algún pequeño regalo: el oro de la caridad, el incienso de la esperanza y la mirra de la fe. Son dones que en realidad son precedentemente regalos de Dios a nosotros. Damos a Él lo que antes Él nos ha dado. Él nos ha dado la capacidad de amar: amémoslo con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todo nuestro ser. Eso es ser verdaderos contemplativos. Eso es adorar.

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