Tercer Domingo de San José

Tercer dolor: Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno (Lc 2,21).

Tercer gozo: Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1, 21).

VER CÓMO CRECEN los hijos es una de las alegrías más grandes que ofrece la vida. Ese gozo lo experimentó san José al ver que Jesús crecía «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,52). La misión principal de los padres es preparar a los hijos para que ellos, a su vez, puedan encontrar y llevar adelante la suya propia. José, a través de su tierno cuidado, preparó a Jesús en sus primeros pasos en la tierra. Por eso, durante su vida oculta y durante su vida pública, «Jesús debía parecerse a José: en el modo de trabajar, en rasgos de su carácter, en la manera de hablar. En el realismo de Jesús, en su espíritu de observación, en su modo de sentarse a la mesa y de partir el pan, en su gusto por exponer la doctrina de una manera concreta, tomando ejemplo de las cosas de la vida ordinaria, se refleja lo que ha sido la infancia y la juventud de Jesús y, por tanto, su trato con José»[1].

«En la sinagoga, durante la oración de los Salmos, José ciertamente habrá oído el eco de que el Dios de Israel es un Dios de ternura»[2]. Y esa fue su actitud de padre con Jesús. El santo patriarca probablemente no acompañó a su hijo cuando ya eran visibles algunas manifestaciones de la llegada del Reino de Dios: cuando le siguen numerosos discípulos, durante las milagrosas curaciones o cuando las multitudes escuchan las palabras de quien él había visto crecer. San José, al contrario, siempre se desenvolvió en la discreción de la educación familiar, en ese ámbito tan doméstico, tan escondido pero a la vez tan fecundo y lleno de amor. Los frutos de aquellos años no tardaron en llegar: «Ese Jesús que es hombre, que habla con el acento de una región determinada de Israel, que se parece a un artesano llamado José, ése es el Hijo de Dios. Y ¿quién puede enseñar algo a Dios? Pero es realmente hombre, y vive normalmente: primero como niño, luego como muchacho, que ayuda en el taller de José; finalmente como un hombre maduro, en la plenitud de su edad»[3]. La ternura de José sigue viva a través de aquel Hijo que creció bajo su techo y que tanto se le parece.


LA ENSEÑANZA de la ley de Moisés era obligación y privilegio del padre de familia. Por eso, fue José quien tuvo la peculiar tarea de enseñar al Mesías la historia de Israel y la fe de la Alianza. María y su esposo veían que Jesús era un niño como tantos otros pero, a la vez, sabían que todo el misterio de Dios habitaba en él. A ellos les fue confiada la responsabilidad de poner el nombre de «Jesús» a la segunda persona de la Santísima Trinidad encarnada y de educarlo en la tradición del pueblo elegido. El profeta escribe: «Cuando Israel era niño, Yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo (…). Era para ellos como quien alza a un niño hasta sus mejillas, y me inclinaba a él y le daba de comer» (Os 11,1-4). Si la tradición cristiana ha visto en este oráculo la referencia a Cristo, se puede ver también una referencia a María y a José. El amor de Dios a Israel se compara al amor de un padre y de una madre hacia su hijo. Era Dios quien cuidaba siempre de su Hijo, pero lo hacía a través de la Sagrada Familia; es Dios quien enseña, pero a través de los hombres.

Un niño pequeño en Israel pasaría la mayor parte de su tiempo jugando con otros chicos de su edad en la calle o en las plazas. «Las plazas de la ciudad se llenarán de niños y niñas jugando en ellas» (Za 8,5), dice el profeta; y el Señor habla también de los niños que se sientan en las plazas (cfr. Mt 11,16). La vida en Nazaret era una vida al aire libre. En este contexto, los padres impartían a sus pequeños los primeros rudimentos de la instrucción en la fe: «Escucha, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no abandones la enseñanza de tu madre, que son diadema de gracia para tu cabeza y collares para tu cuello» (Pr 1,8). Jesús Niño grababa en su corazón las enseñanzas de José y las instrucciones de María. Esas enseñanzas que daba san José a su hijo son lo que hoy llamamos «catequesis familiar», la transmisión de la fe, tanto vivida como en palabras. «El hogar debe seguir siendo el lugar donde se enseñe a percibir las razones y la hermosura de la fe, a rezar y a servir al prójimo»[4]. Es en ese clima familiar en donde Dios, imperceptiblemente, entra a formar parte de la vida de los hijos; aquellas primeras oraciones y manifestaciones de piedad que hemos heredado permanecen para siempre en lo más profundo de nuestra alma.


SANTA MARÍA y san José no solamente enseñaron a Cristo las costumbres y la ley de Moisés sino que, descubriendo el misterio de Dios en su Hijo, se dieron cuenta de que ellos mismos aprenderían mucho de Jesús. El evangelista san Lucas nos repite dos veces que María guardaba y meditaba en su corazón los acontecimientos y las palabras de su Hijo. ¡Qué importancia tiene saber mirar y escuchar, de un modo similar a como lo hicieron la Virgen Santísima y su esposo José!

Cuántas veces, al ver a Jesús, el santo patriarca se habrá asombrado pensando: ¡qué bueno es Dios! ¡Qué amable y tierno! ¡Qué paciente y cercano a nosotros! La paciencia y la comprensión son características fundamentales que todo padre –y, en general, todo maestro– debe tener, especialmente ante los defectos propios y ajenos; pues «debemos aprender a aceptar nuestra debilidad con intensa ternura. El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo»[5]. Al contrario, debemos descubrir, una y otra vez, lo positivo en nosotros y en los demás, pues así se acerca Dios a nuestra vida: «La verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona. La verdad siempre se nos presenta como el Padre misericordioso de la parábola: viene a nuestro encuentro, nos devuelve la dignidad, nos pone nuevamente de pie»[6]. No hay nada que anime más a mejorar la conducta que el aliento, la palabra amable, la comprensión ante la debilidad.

San José aprendió de su hijo, que era Dios, a ver el mundo con compasión y ternura. Decía san Josemaría: «José era un gran cariño de Jesucristo; María era su Madre, a la que quería con locura. Pues vamos a tener nosotros una devoción grande a San José, una devoción tierna, delicada, fina, afectuosa. Le llamamos Padre y Señor nuestro: ¡pues vayamos a él como hijos, constantemente! Y, por él, a María, dialogando con los dos. ¿Habéis visto esas representaciones de la Sagrada Familia con el Niño en el centro, la Virgen a la derecha y San José a la izquierda, dándose la mano? Pues esta vez somos nosotros los que nos cogemos de la mano de María y de José, y así nos llevarán hasta Jesús»[7].

Reflexión del Evangelio Domingo 12 de febrero

Buenos días mis hermanos en Cristo.
Que alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor…. todos reunidos alrededor del Altar en un solo Corazón en el de nuestro Amor de los Amores.
Señor ¡Cuánto sufrimiento hay, guerras, terremotos, incendios, hambre, Países explotados, niños… !¿Qué vamos a decir que Tú no sepas Jesús amado?
Con nuestra Madre, S. José y nuestro Ángel Custodio.

Podemos decir que el Espíritu Santo, a un mismo tiempo, es atraído por la oración de la Iglesia, reunida para orar y también alienta e inspira la oración de la Iglesia (P. Cantera)

Concha Puig

Evangelio (Mt 5,17-37)

No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos. Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; el que le maldiga será reo del fuego del infierno. Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.

Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala lejos de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo acabe en el infierno.

Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer, que le dé el libelo de repudio. Pero yo os digo que todo el que repudia a su mujer —excepto en el caso de fornicación— la expone a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.

También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano, sino que cumplirás los juramentos que le hayas hecho al Señor. Pero yo os digo: no juréis de ningún modo; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto, viene del Maligno.

Os recomendamos escuchar la Homilía que ha dado el sacerdote el Padre Ignacio en la Iglesia de San Bonifacio:

Ayer, jóvenes de nuestro grupo estuvieron en el Rosario por la juventud, ALELUYA ¡¡ BENDITO SEAS SEÑOR POR SIEMPRE. SANTO, SANTO, SANTO!!

¡Os deseamos un feliz y Santo Domingo, día del Señor!

Reflexión sobre el día de la Virgen de Lourdes

El 11 de febrero de 1858, la Virgen María se apareció a la hija de unos humildes molineros.  Bernadette Soubirous, se llamaba la chica de 14 años.  Fue la mayor de seis hermanos, era una chica sencilla, sin apenas preparación, ni cultura, pues sus padres eran sumamente pobres, y no pudieron enviarla a hacer estudios.

 Un día, va con su hermana y una amiga a buscar leña seca, y cuando ella se disponía a atravesar un brazo de un río, llamado el río “Gabe”, escuchó de repente un fuerte viento que la obliga a levantar la cabeza.  Hay una roca, y en la abertura de esa roca, que se llama Massabielle, se alza ante su vista una joven inmóvil y silenciosa.

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

 Tan bella, -dice ella en sus escritos-:  “Cuando se ha visto una vez, se querría morir para volverla a ver”.

 Y en esa aparición, estaba con un vestido blanco, un cinturón azul, y el rosario entre los dedos.  Habían pasado cuatro años desde que el Papa Pio IX, había definido el dogma de la Inmaculada Concepción, y la Virgen quiso presentarse ahí, en ese sitio de Lourdes.

 Continúa este relato hermosísimo de Bernadette, que dice:

“Me saludó inclinando la cabeza, creyendo engañarme, me restregué los ojos, pero alzándose, vi de nuevo a la joven que me sonreía, y me hacía señas para que me acercara.  Pero yo no me atrevía, y no es que tuviera miedo, porque cuando una tiene miedo huye, y yo me hubiera quedado allí mirándola toda la vida.

Entonces, se me ocurrió rezar, y saqué el rosario, me arrodillé.  Y vi, que la joven se santiguaba.  Mientras yo rezaba, ella iba pasando las cuentas de su rosario sin decir nada, y cuando yo dije: Gloria al Padre, ella también lo dijo.  Y terminando el rosario, me sonrió otra vez, se elevó un poco y desapareció”. 

¡Qué belleza de narración! ¡Te imaginas tú, a la Virgen! ¿Cómo habrá estado en ese momento, con esa niña de 14 años? Lo más básico posible, es que, entre los sencillos, la Virgen se siente más a gusto.

SER SENCILLOS

Por eso madre, hoy en esta fiesta, te pedimos que nos ayudes a ser sencillos también nosotros.  Que aprendamos a acoger también el rosario, que no tengamos vergüenza de usarlo con frecuencia, así nos vean…

Cierto es, no hace falta hacer manifestaciones exteriores de piedad, pero tampoco a escondidas.  Y decir que uno reza el rosario, y sacar el rosario de vez en cuando, no lo veo para nada mal. ¡Es más; es una forma de evangelizar también! 

REZAR EL ROSARIO

Por eso, rezar el rosario conlleva esta necesidad de ser sencillos.  ¡Ser sencillos!  Porque, se ve que a la Virgen le gusta eso.  Esa misma cita con Bernadette se repitió 18 veces.   

Cuenta Bernadette que, en la sexta cita, el 21 de febrero

“Dirigió un momento la mirada por encima de mi cabeza, para recorrer el mundo y después volviéndola llena de dolor sobre mí, me dijo: ruega a Dios por los pecadores.”

 Igualmente, en otras ocasiones, muchas veces decía: ¡Penitencia! ¡Penitencia! Y luego pidió que se le hiciera una capilla en ese lugar. Dos días más tarde, pidió que se hicieran procesiones también ahí.  

El 25 de marzo, -cuenta Bernadette-:

“Viéndola tan amable, le pregunté su nombre; me sonrió.  Se lo volví a preguntar; y volvió a sonreír.  Insistí de nuevo, y me dijo: soy la “Inmaculada Concepción”.

 ¡Qué bonito, madre! ¡Cómo te gustan estas cosas a ti!  Eres la Inmaculada Concepción.  Y por eso cada vez que empezamos nuestra oración, decimos lo mismo: ¡Madre mía Inmaculada! ¡Madre mía Inmaculada!

Eres La Reina del Cielo, pero sobre todo eres mi madre y madre mía inmaculada, que buscas y quieres, que seamos siempre  muy sencillos. 

¡Gracias madre! Ayúdanos a luchar por ser así, “sencillos”, para que cuando estemos en el mundo, dando tu testimonio, seamos dignos hijos tuyos.

UNA COMIDA FAMILIAR

El otro día, estuve en una comida familiar, con gente que no veía desde hace muchos años, ¡30 años! Apareció una chica, que me parecía muy parecida a una prima, entonces le pregunté. Y efectivamente, era su hija, su última hija.

Y me dio una alegría verle, con buenos modales, atenta a ayudar en todo lo que hacía falta…   Y pensé con alegría: “digna hija de su madre”. 

 Nosotros como cristianos, tenemos que ser también, “dignos hijos de nuestra madre”.   E intentar sacar de nuestra vida, las cosas que hablan mal de nuestra familia, ¿Qué familia? ¡De la familia de los cristianos! ¡De la familia de los católicos! 

 ¿Y, qué podría hablar mal? Pues, cuando nos comportamos con alevosía; cuando no somos justos; cuando intentamos hacernos los sapos, los escurridizos ante nuestras obligaciones; o los vivos, intentando sacar beneficios de las situaciones… Etc.

 Eso no es una cosa positiva, ¡al revés! La Virgen lo que quiere, es que seamos sencillos, y esa sencillez, es una consecuencia lógica de la humildad, de sabernos poca cosa y necesitados de Dios.

ENSÉÑANOS EL CAMINO

 ¡Madre! ¡María! Enséñanos ese camino, y nuestra madre la Virgen, nos enseña el camino, a través de una oración súper conocida, que es: “El Santo Rosario”

 ¿Y por qué?  Porque el Santo Rosario, es la oración de los sencillos, de los que repiten una y otra vez lo mismo, porque no se les ocurre nada mejor, porque han puesto su confianza por completo en su madre.

 Y a ella le gusta esa oración, y si le gusta a ella… aunque haya otras cosas que nos parezcan a nosotros más bonitas, a ella se lo recitamos todos los días, porque sabemos, que es lo que le gusta.

 Y esto es lo que nos remueve a cada uno de nosotros: ¡El darle una alegría a la Virgen!

 ¡Vamos!  Te invito a rezar el Rosario con más intensidad, si se puede. Pensando en las palabras que repetimos, diciéndole a nuestra madre, que le queremos. Santa madre, ayúdanos a ir con más fuerza al Rosario.

QUE SEPA SER SENCILLO

 Madre mía Inmaculada, que sepa ser sencillo para agradarte en todas las cosas que hago. Te pedimos que nos enseñes siempre a tu Hijo, Jesús.  Él también, fue un hijo de tan buena madre.  

Jesús, se habrá esforzado muchas veces en darte alegrías en las cosas de la casa, también en su predicación;  no habrá desaprovechado oportunidad para que te sintieras feliz.

Pues, lo mismo queremos hacer nosotros, y sabemos que una excelente forma de conseguirlo, es la oración del Santo Rosario. Vamos a hacer este propósito, el de rezar mejor el Rosario, para darle esa alegría a nuestra madre.

ORACIÓN PARA PEDIR LA SALUD DE LOS ENFERMOS

¡Oh amabilísima Virgen de Lourdes, Madre de Dios y Madre nuestra! Llenos de aflicción y con lágrimas fluyendo de los ojos, acudimos en las horas amargas de la enfermedad a vuestro maternal corazón, para pediros que derraméis a manos llenas el tesoro de vuestras misericordias sobre nosotros.
Indignos somos por nuestros pecados de que nos escuchéis: pero acordaos, os diré como vuestro siervo San Bernardo, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a Vos haya sido abandonado de Vos. ¡Madre tierna! ¡Madre bondadosa! ¡Madre dulcísima! Ya que Dios obra por vuestra mano curaciones innumerables en la Gruta prodigiosa de Lourdes, sanando tantas víctimas del dolor, guardad también una mirada de bendición para nuestro pobre enfermo…(dígase el nombre del enfermo/a). Alcanzadle de vuestro Divino Hijo Jesucristo la deseada salud, si ha de ser para mayor gloria de Dios. Pero mucho más, alcanzadnos a todos el perdón de nuestros pecados, paciencia y resignación en los sufrimientos y sobre todo un amor grande y eterno a nuestro Dios, prisionero por nosotros en los Sagrarios. Amén.

Virgen de Lourdes, ¡ rogad por nosotros !.
Consuelo de los afligidos, ¡ rogad por nosotros !.
Salud de los enfermos, ¡ rogad por nosotros !.
Rezar tres Avemarías.

«Effetá», ha llegado la liberación a los cautivos

Evangelio de hoy San Marcos 7, 31-37
En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.
Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.»
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.
Y en el colmo del asombro decían: Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

Aunque ni sordo ni mudo, frecuentemente pareciera que lo somos porque no escuchamos, Señor, y no hablamos a los demás de la experiencia de tu Amor. Inspira esta oración para que de ella saquemos la fuerza de voluntad y seamos siempre un testigos fieles de Tu Amor.
Jesús, confíamos en Tu infinito Amor, haz nuestro corazón semejante al tuyo.
 

Comentaba con gran precisión el Papa Francisco: “Pensemos en los muchos que Jesús ha querido encontrar, sobre todo, personas afectadas por la enfermedad y la discapacidad, para sanarles y devolverles su dignidad plena. Es muy importante que justo estas personas se conviertan en testigos de una nueva actitud, que podemos llamar cultura del encuentro […]
Aquí están las dos culturas opuestas. La cultura del encuentro y la cultura de la exclusión, la cultura del prejuicio, porque se perjudica y se excluye. La persona enferma y discapacitada, precisamente a partir de su fragilidad, de su límite, puede llegar a ser testigo del encuentro: el encuentro con Jesús, que abre a la vida y a la fe, y el encuentro con los demás, con la comunidad. En efecto, sólo quien reconoce la propia fragilidad, el propio límite puede construir relaciones fraternas y solidarias, en la Iglesia y en la sociedad.
Y ahora miremos a la Virgen. En ella se dio el primer encuentro: el encuentro entre Dios y la humanidad. Pidamos a la Virgen que nos ayude a ir adelante en esta cultura del encuentro. Y nos dirigimos a Ella con el Ave María.” (Discurso de S.S. Francisco, 29 de marzo de 2014).
 

«Ve y dile que los ciegos ven, los sordos oyen, y que ha llegado la liberación a los cautivos» (Mt 11, 5). Así resume su misión Cristo, porque ha sido enviado a curar a todos los enfermos y a traer la paz a los hombres.

Segundo Domingo de San José, 5 de febrero

Segundo dolor: Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron (Jn 1,11).

Segundo gozo: Fueron deprisa y encontraron a María, a José y al niño reclinado en el pesebre (Lc 2,16).

EN LA ORACIÓN pronunciada por Cristo en Getsemaní se manifiesta la cercanía y el poder de Dios: «¡Abbá, Padre, para ti todo es posible!» (Mc 14,35). Podemos pensar que Jesús, años antes, se dirigió muchas veces con esa misma exclamación a José, su padre en la tierra: abbá, papá. Por eso el patriarca, en su humanidad igual a la nuestra, es en cierto sentido un icono de la paternidad de Dios. Así lo ha entendido a lo largo de los siglos la piedad popular y lo han hecho también los artistas, representando a san José con un rostro idéntico al del Padre.

San Josemaría notaba que Dios es el primero que ama de modo especialísimo a san José. Dios, al preparar un padre terrenal para Jesús, de manera similar a como lo había hecho con María, eligió a un hombre especial, justo, cuya santidad atraía a los demás y llenaba de paz su entorno. «La Sagrada Escritura cuenta muy poco de san José. Parece que tenía un empeño muy grande de pasar oculto, y el Señor le ha concedido esa virtud tan hermosa (…). Inmediatamente después de la Virgen, estoy seguro de que en santidad viene José. Y san José ha tratado tanto a la Virgen y al Niño Dios que hasta la liturgia se pone –¿cómo diría yo?– afectuosa… San José está adornado de virtudes admirables. Sería encantador, y tendría además un carácter lleno de fortaleza, de reciedumbre y de suavidad a la vez»[1].

Es muy significativo que, en la genealogía de Jesucristo que nos detalla el evangelio de san Mateo, el hilo de unión entre generaciones sea la paternidad: Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, etc. Pero, al llegar al último eslabón, el evangelista rompe la secuencia anotando: «Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo» (Mt 1,16). La paternidad le toca a san José no por haber engendrado a Jesús sino por ser el esposo de la Virgen María. San José es un «padre que siempre ha sido amado por el pueblo cristiano»[2] justamente por ser el esposo amado de nuestra Madre. Es la belleza y grandeza del matrimonio lo que funda su paternidad. Y aquel padre y esposo, querido por tantos fieles, nos puede preguntar: «¿Confías en mis desvelos por ti? ¿Confías en el deseo que tengo de acercarte al amor de Dios?».


«JOSÉ, HIJO DE DAVID, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús» (Mt 1,20). En estas breves palabras del evangelista podemos descubrir tres cosas: primero, el carácter personal de la elección divina –que se manifiesta en el uso de los nombres propios «José» y «María»–; después, la relación que los unirá –«tu esposa»–; y, en tercer lugar, la responsabilidad que Dios confiere al patriarca –tú «le pondrás por nombre»–. En la vida de María y de José todo está en relación con Jesús, todo está ordenado hacia él. Ese amor matrimonial se traduce en un mirar juntos a su hijo para, así, como padre y madre, participar en la obra de la redención. La mayor parte de los cristianos viven su fe precisamente así, dentro del matrimonio, ya que se trata de una vocación, un camino para mirar e ir hacia Jesucristo.

En una ocasión, una madre de familia que había quedado viuda preguntó a san Josemaría cómo llenar el vacío dejado por su esposo: «Sé muy devota de san José –respondió el fundador del Opus Dei–. San José llevó adelante la familia de Nazaret, y llevará adelante también la tuya. Adquiere una imagencita de san José, tenle devoción, enciéndele piadosamente una luz de cuando en cuando, como nuestras madres, como nuestras abuelas: todas las viejas devociones son actuales, no hay ni una que no sea actual»[3]. Ya santa Teresa, siglos atrás, animaba a todas las almas a confiar sin reservas en san José: «Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios»[4].

El santo patriarca, al haber recibido la misión de educar al Hijo de Dios, de tomarlo de la mano para acompañarlo en sus primeros pasos en tantos ámbitos de la vida, puede ser un apoyo para todas las familias y para todo apóstol. San José educó al Niño Jesús en cómo relacionarse con las demás personas, en el trabajo, en la escucha de la Sagrada Escritura llevándolo los sábados a la sinagoga… «La misión de san José es ciertamente única e irrepetible, porque absolutamente único es Jesús. Y, sin embargo, al custodiar a Jesús, educándolo en el crecimiento en edad, sabiduría y gracia, él es modelo para todo educador, en especial para todo padre»[5].


SAN JOSÉ tiene un papel propio e insustituible en la configuración de la Sagrada Familia. «La encarnación del Verbo en una familia humana, en Nazaret, conmueve con su novedad la historia del mundo. Necesitamos sumergirnos en el misterio del nacimiento de Jesús, en el sí de María al anuncio del ángel, cuando germinó la Palabra en su seno; también en el sí de José, que dio el nombre a Jesús y se hizo cargo de María»[6]. El patriarca, por aquella particular llamada a constituir la familia de Jesús, aprende a ser padre, colabora en la preparación del Hijo para el cumplimiento de su misión. Y, al mismo tiempo, se encuentra permanentemente al lado de su esposa, sosteniéndola en su tarea de ser madre de Dios. Por eso san José es patrono también del nacimiento y del desarrollo de nuestras familias.

«La familia es ciertamente una gracia de Dios, que deja traslucir lo que él mismo es: amor. Un amor enteramente gratuito, que sustenta la fidelidad sin límites, aun en los momentos de dificultad o abatimiento»[7]. San Juan Pablo II señalaba que el futuro de la humanidad pasa por la familia porque allí, generalmente, desarrollamos los fundamentos más importantes para tener una vida feliz, aunque Dios también pueda tener otros caminos, ya que cada persona es única. Por eso acudimos especialmente a san José, patrono de la familia, para que nos ayude a vivir y a mostrar su belleza, según el modelo de Nazaret.

«No tengamos miedo de invitar a Jesús a la fiesta de bodas, de invitarlo a nuestra casa, para que esté con nosotros y proteja a la familia. Y no tengamos miedo de invitar también a su madre María. Los cristianos, cuando se casan “en el Señor”, se transforman en un signo eficaz del amor de Dios. Los cristianos no se casan sólo para sí mismos: se casan en el Señor en favor de toda la comunidad, de toda la sociedad»[8]. A san José, esposo de la bienaventurada Virgen María, le imploramos diariamente con esta súplica: Dios te hizo padre y señor de toda su casa, así que ¡ruega por nosotros!


Primer Domingo de San José

Primer dolor: Estando desposada su madre María con José, antes de vivir juntos se halló que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo (Mt 1,18).

Primer gozo: El ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús (Mt 1, 20-21).

CUANDO JESÚS, durante su ministerio público por Galilea, llegó a predicar en la sinagoga de su propia ciudad, todos «se quedaban admirados» (Mt 13,54). La actitud de sus paisanos nos habla de la impresión que causaba aquel a quien habían visto crecer entre sus plazas y calles: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?» (Mt 13, 55-56).

Uniéndose a esa curiosidad santa por saber más acerca del entorno familiar de Cristo, la tradición de la Iglesia ha identificado en la Sagrada Escritura siete momentos cruciales en la vida de san José; son siete vivencias suyas en las que, como es normal también en nosotros, se mezclan el gozo y el dolor, la alegría y el sufrimiento. Por eso en muchos lugares se dedican los siete domingos previos a su fiesta a meditar estos pasajes. Un día, en una tierra con especial devoción a san José, alguien preguntó a san Josemaría cómo acercarse más a Jesús: «Piensa en aquel hombre maravilloso, escogido por Dios para hacerle de padre en la tierra; piensa en sus dolores y en sus gozos. ¿Haces los siete domingos? Si no, te aconsejo que los hagas»[1].

La devoción al santo patriarca siempre ha estado presente en el arte y en la piedad popular a lo largo de la historia de la Iglesia. En el siglo XVII, el Papa Gregorio XV instituyó por primera vez una fiesta litúrgica en su nombre. Posteriormente, en 1870, el santo Papa Pío IX nombró a san José patrono universal de la Iglesia. A partir de entonces, Leon XIII dedicó una encíclica al santo patriarca y en el centenario de este documento san Juan Pablo II escribió la exhortación apostólica Redemptoris custos. Ya en el tercer milenio, el papa Francisco publicó también una carta sobre san José bajo el título Patris cordeCon corazón de Padre. Este reiterado interés de la Iglesia, de manera especial en los últimos tiempos, puede renovar en nosotros una actitud de agradecimiento, admiración y puede llevar a que nos preguntemos: ¿qué lugar ocupa san José en mi corazón?


«JOSÉ, HIJO DE DAVID, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21). De esta manera, tan sencilla, el ángel disipa las dudas y temores de José. No sabemos con certeza qué es lo que pasaba por su corazón y su mente. Con seguridad no dudó de la inocencia de su esposa, por lo que el ángel le confirma lo que quizá ya intuía en su alma: allí había algo de Dios. En efecto, a través del ángel, Dios mismo le confía cuáles son sus planes y cómo cuenta con él para llevarlos adelante. José está llamado a ser padre de Jesús; esa va a ser su vocación, su misión.

«¡Qué grandeza adquiere la figura silenciosa y oculta de san José –decía san Juan XXIII– por el espíritu con que cumplió la misión que le fue confiada por Dios. Pues la verdadera dignidad del hombre no se mide por el oropel de los resultados llamativos, sino por las disposiciones interiores de orden y de buena voluntad»[2]. El santo patriarca, a pesar de ser consciente de la importante y nobilísima tarea que el Señor le encomendó, ha llegado a nosotros como un ejemplo de humildad y discreción. Es en el silencio de aquel «ocultarse y desaparecer» en donde los planes divinos dan sus mayores frutos.

También ahora, Dios continúa confiando en José para que cuide de su familia, de la Iglesia y de cada uno de sus hijos, con la misma dedicación y ternura que lo haría con el Señor. Un antiguo aforismo judío dice que un verdadero padre es aquel que enseña la Torá –la ley de Dios– a su hijo, porque es entonces cuando le engendra de verdad. San José cuidó del Hijo de Dios y, en cuanto a hombre, le introdujo en la esperanza del pueblo de Israel. Y eso mismo hace con nosotros: con su poderosa intercesión nos lleva hacia Jesús. San Josemaría, cuya devoción a san José fue creciendo a lo largo de su vida, decía que «san José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre»[3].


«LA IGLESIA entera reconoce en san José a su protector y patrono. A lo largo de los siglos –señala san Josemaría– se ha hablado de él, subrayando diversos aspectos de su vida, continuamente fiel a la misión que Dios le había confiado. Por eso, desde hace muchos años, me gusta invocarle con un título entrañable: Nuestro Padre y Señor»[4]. Este título es un honor y una responsabilidad. Junto con María, José alimenta, cuida y protege a la familia. Y la Iglesia, al ser la familia de Jesús, tiene a san José como patrono y protector: «La Iglesia, después de la Virgen Santa, su esposa, tuvo siempre en gran honor y colmó de alabanzas al bienaventurado José, y a él recurrió sin cesar en las angustias»[5].

El Concilio Vaticano II habla de «escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida»[6]. Por eso, como familia, nos preguntamos constantemente qué es lo que el Señor quiere que aprendamos de cada situación y en cada encrucijada. La intercesión de los santos es una ayuda del cielo para descubrir a Dios en todos los acontecimientos y hacer presente su poder. San José guía y custodia a la Iglesia en este caminar.

Y también san José es patrono de esta familia que es la Obra. En los primeros años, san Josemaría acudió especialmente a él para poder hacer presente a Jesús Sacramentado en uno de los primeros centros del Opus Dei. Por su intercesión, en marzo de 1935 fue posible tener al Señor reservado en el oratorio de la Academia-Residencia DYA, de la calle Ferraz, en Madrid. Desde entonces, el fundador de la Obra quiso que la llave de los sagrarios de los centros del Opus Dei tuvieran una pequeña medalla de san José con la inscripción Ite ad Ioseph; el motivo es recordar que, de modo similar a como el José del Antiguo Testamento lo hace con su pueblo, el santo patriarca nos había facilitado el alimento más preciado: la Eucaristía.

Pidamos a José que nos siga ayudando a acercarnos a Jesús Sacramentado, que es el alimento del que se nutre la Iglesia. Así lo hizo junto a María, en Nazaret, y así lo hará también con ella en nuestros hogares.

Reflexión del Evangelio Domingo 5 de febrero

Buenos días mis hermanos en Cristo. Qué alegría cuando me dijeron vamos a la Casa del Señor. Nuestro encuentro SEMANAL alrededor del Altar unidos todos en el Corazón de nuestro Dios y Señor.
Vivamos bien la Santa Misa, en una actitud de oración.
«Queridos amigos, sólo celebramos y vivimos bien la liturgia si permanecemos en actitud orante, no si queremos «hacer algo», hacernos ver o actuar, sino si orientamos nuestro corazón a Dios y estamos en actitud de oración uniéndonos al misterio de Cristo y a su coloquio de Hijo con el Padre. Dios mismo nos enseña a rezar, afirma san Pablo (cf. Rm 8, 26). Él mismo nos ha dado las palabras adecuadas para dirigirnos a él, palabras que encontramos en el Salterio, en las grandes oraciones de la sagrada liturgia y en la misma celebración eucarística».
SS. Benedicto XVI
Con nuestra Madre, S. José y nuestro Ángel Custodio. Gracias y perdón

¡Feliz Domingo a todos!

Concha Puig

Evangelio: San Mateo 5, 13-16
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

Cuentan que un día, san Francisco de Asís le pidió a uno de sus primeros frailes que se preparara para salir a predicar con él. Salieron y estuvieron caminando y dando vueltas por todo Asís, durante una hora y media. En un cierto momento, el fraile que lo acompañaba le preguntó a San Francisco: Padre Francisco, usted me dijo que saldríamos a predicar. Hasta ahora, sólo hemos caminado y recorrido todo el pueblo. San Francisco le respondió: Hermano, llevamos una hora y media de predicación. No hay mejor predicación que la sonrisa y el testimonio de una vida auténticamente cristiana.

Ojalá que también nosotros prediquemos el mensaje de la esperanza, de la sonrisa humilde y llena de paz, del AMOR. Que seamos sal y luz para nuestros familiares y amigos y todos los que se cruzan en nuestro camino. Quien verdaderamente se ha encontrado con Jesús no puede callar, no puede encerrarse en sí mismo, debemos ser reflejo de nuestro Jesús amado.

Conversión, oración y mortificación los tres pilares de la fe

CONVIÉRTETE
Revisa tu vida.

San José de Cupertino, conocido como el santo volador, por las numerosas levitaciones en que se le presenció estando en oración, fue un sacerdote italiano y religioso franciscano muy humilde, que a pesar de tener muy lento aprendizaje, Dios obró grandes prodigios en él.

Como patrono de los estudiantes, se le conocen innumerables ayudas, en especial a aquellos estudiantes a los que como a él se les dificulta el estudio: le gusta mucho ayudarles.

San José de Cupertino es un claro ejemplo de cómo Dios suple cualquier falta de talento a quien se le abandona con humildad.

Dice Jesús a la beata Conchita Cabrera de Armida: (l yo la he leido y es una maravilla su vida de santidad)

«La humildad es el cimiento, el fundamento de todas las virtudes, la sal y la vida de ellas […]”.
«Sin humildad no puede haber obediencia… pobreza… ni pureza que no caiga. No acostumbro dar a ninguna alma estas joyas, sin el sólido fundamento de la humildad, madre de todas ellas”.
«María, más que nadie, recibió los frutos inapreciables de la humildad”.

La contraparte de la humildad es la soberbia.

Dice Jesús a Conchita:
“La Soberbia es […] madre general de todos los vicios: a todos ellos los engendra y lleva en su seno”.
«Ella enerva los actos del espíritu y es la principal destructora de toda virtud y de toda santidad”.
«Casi en la mayor parte de los actos de la vida se le encuentra, si con esta luz del Espíritu Santo se le busca… Se amolda, diré, con todos los estados, caracteres y puestos. De una manera se presenta con los grandes y de otra con los pequeños; con los pobres y con los ricos, con los malos y con los buenos, con los espirituales y con los mundanos”.

Aprendamos a ser humildes como María y como San José de Cupertino.

VIVE EN PLENITUD TU CONSAGRACIÓN
“La arrogancia acarrea deshonra; la sabiduría está con los humildes.”
Pr 11,2 (Proverbios).

ORA
El Santo Rosario.

  • Incluye en tus intenciones a los estudiantes a los que se les dificulta el estudio y niños.

MORTIFÍCATE
Hoy trata de ser humilde para con todos; de hacerte pequeño. Evita las presunciones, las respuestas arrogantes, el querer ser el primero, los aplausos, la vanagloria o cualquier otro acto de soberbia, que lejos de darte grandeza, te la quita.

Revisa con detenimiento en qué actos principalmente tienes más acentuada la soberbia y pide perdón a Dios, haciendo un sincero compromiso de ser más humilde.

Ofrécelo
🌹 En Reparación por tus pecados de soberbia y los de tu familia.
🌹Atendiendo el mensaje de Sor Lucía al Cardenal Carlo Caffarra, Reparemos y pidamos protección a la Iglesia doméstica bajo la presencia protectora de la Sagrada Familia de Nazaret

La reparación, una sensibilidad especial por la gloria de Dios

Leo en un libro sobre la Reparación :


A través de la Historia ha surgido en la Iglesia, personas, movimientos, acciones y devociones todas ellas encaminadas a promover la honra y Reparación del honor de Dios ofendido. Sobre todo se han dirigido especialmente al Corazón de Jesús. Todos los santos en general se han distinguido siempre por una exquisita sensibilidad en lo referente al honor de Dios. Las personas de fe, de amor y afán por Dios y las cosas santas, tienen una especial sensibilidad por la gloria de Dios. El pecado es todo lo contrario a esa gloria a ese honor externo para el Creador. Cuando S. Ignacio de Loyola fundó la Compañía de Jesús, no se anduvo por las Ramos. Reza su lema Para la mayor Gloria de Dios y así todos los santos. Otras veces ha sido la Divina Providencia quien ha suscitado en la Iglesia a personas con una vocación definida hacia la Reparación. Así tenemos a S. Juan Eudes En el siglo XVII, a Sta. Margarita María de Alacoque, a finales de XVII, y al Beato Bernardo de Hoyos, jesuita más reciente.
En las apariciones Marianas, las dos más características en cuanto al sentido Reparador son las de Lourdes y Fátima. ( yo añado Prado Nuevo). Todas con un sentido de Reparación del honor de Dios ofendido.
No haría falta la Reparación, si la gloria y el honor de Dios no hubieran sido de antemano rotos o atropellados. La creación salió pura de la mente y la voluntad Divina, pero llegó el momento en que fue concebida la idea de la Reparación por el daño.
Y Dios prometió ya en el Paraíso enviar a su propio Hijo, nacido de una Mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban sujetos al desorden del pecado. El Señor tuvo misericordia del hombre y quiso establecer el orden mediante la Reparación
Vamos todos los que amamos esta espiritualidad a Reparar con nuestra voz, con nuestras manos, con nuestras obras, con nuestro corazón, con nuestra vida santa
Cuantas gracias derramas Señor!!!
Gracias y perdón

Te invitamos al acto de Reparación este jueves 2 de febrero

Este próximo jueves día 2 de Febrero día de la Candelaria y aniversario del P. Antonio, fundador de Amistad en Cristo. Estoy segura de cuánto va a interceder por todos.

Ante este día especial de la Candelaria, llevo velas para cada uno que el P. Iniesta bendecirá para que prendan en la Hoguera del Amor de Dios y en el silencio de nuestro corazones vamos a decirle gracias por amarnos tanto. ¡Que nuestro amor por Ti Señor, crezca cada día más!

– Dia: Jueves 2 de Febrero
-Lugar: Cripta de la Almudena.
-Hora : 17,30h :
-Exposición del Santísimo
-Rezo Sto. Rosario
-Consagración al Sagrado Corazón de Jesús y
-Peticiones de REPARACIÓN.
-18,30: Santa Misa
-Celebran Padre José Antonio Iniesta y Padre Carlos Melero

Invita a familiares y amigos.
Guardamos todos los protocolos Covid.

¡Te esperamos!

Concha Puig