Indicaciones para meditar

Meditemos y despacio pues siempre será ayuda para crecer espiritualmente, Dios mío cuánto hay que mejorar para vivir en Tu Amor y para Tu Amor…
LA LEY DEL SEÑOR ES PERFECTA Y ES DESCANSO DEL ALMA (Salmo 18, 8).

Os dejamos unas indicaciones del Padre Jesús Mateos para hacer oración y meditar:

Es difícil hacer oración cuando no sabes, por eso debemos ayudarnos entre nosotros. Lo primero es ponerte delante de Dios en silencio, sin distracciones. Puede ser en tu cuarto, con la puerta cerrada, en la capilla, en el campo, o donde encuentres tranquilidad. Tienes que conseguir un silencio exterior, pero principalmente… un silencio interior. Así podrás unir tus pensamientos con los de Dios.

Puedes hablar con Dios Padre, Jesús o con el Espíritu Santo. Cada uno tiene algo que decirte. Cuando consigues vaciarte de ti mismo, permites que Dios ocupe ese lugar. Las almas de oración son almas de silencio. Con esta ausencia de ruido obtenemos una nueva perspectiva de las cosas. Lo fundamental no es lo que decimos, es lo que Dios nos dice. En ese silencio Él nos escucha y nos habla. Es ahí donde somos capaces de escuchar su voz. Una vez que has escuchado, estás preparado para hablar, con tranquilidad y calma, como hablarías con un amigo.

“Entonces el Señor pasó y un viento fortísimo conmovió la montaña y partió las rocas delante del Señor, pero el Señor no estaba en el viento. Detrás del viento, un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto. Detrás del terremoto, un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego. Detrás del fuego, un susurro de brisa suave” (1Re 19, 11-12) Ahí estaba Dios.

Señor, que no seamos, ni terremoto, ni vendaval, ni fuego abrasador. Que seamos esa brisa junto a Ti. Que sepamos escucharte en esa «brisa suave».

Padre Jesús Mateos


Reflexión miércoles de Ceniza

El gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer nuestra propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. La Cuaresma debe ser una VERDADERA PREPARACION para que con “las armas cuaresmales” (la oración, el ayuno y la limosna) emprendamos la reconciliación con Dios y con los hermanos. Nos recuerda el Martirologio Romano, he aquí que vienen días de penitencia para la remisión de los pecados, para la salvación de las almas (elog. del Mart. Rom.).

Evangelio de San Mateo 6, 1-6. 16-18
 «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial.
Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.
Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará». Amen

Señor, hoy que inicia la Cuaresma te imploro me ayudes a vivirla animado por una fe más auténtica, más firme, con una mayor pureza de intención y, por la esperanza que la anima, busque crecer en el amor.
Que tu gracia me guíe para aprovechar todos los medios espirituales que me ofreces a través de nuestra Madre, la Iglesia. Señor, dame la gracia de convertirme a Ti con todo mi corazón, recordando que polvo soy.

Concha Puig


 

El sueño de Dios

El otro día leyendo a María Zambrano, una filósofa y pensadora del siglo XX, me sorprendió una frase que decía: “somos sombras del sueño de Dios”. 

Y no había caído en la cuenta de que sí, hemos sido soñados por Dios, y en nuestro interior está esa semillita del sueño, pero es una semilla pequeña, casi recién plantada. 

Y como quien cuida un jardín repleto de flores que son flores delicadas y de una gran elegancia, así hemos de cuidar esta semilla. Ya de esto hablaba Santa Teresa de Jesús, cuando comparaba el alma con un jardín.

De nosotros depende la transformación que tome esta semilla. De nosotros depende en qué se vaya a convertir. 

Cada uno es jardinero, de nuestra alma y del sueño que hay en nosotros. Hay jardineros algo despistados, que llenan su corazón de cosas que impiden que el sueño de Dios tenga espacio en ellos. Es como cuando llenamos un cajón de objetos para nosotros importantes pero que son innecesarios. Y entonces, tantos objetos asfixian este Sueño, le arrinconan en un espacio y no hay forma de que crezca y se expanda. 

Hay otros jardineros que funcionan de forma intermitente. De vez en cuando la cuidan y se convierte en una planta grande y bella pero otras veces, la distracción del mundo hace que la planta se vuelva pequeña y la semilla del amor a Dios que todos tenemos no crezca. 

Pero la grandeza de ser semilla es que siempre está la oportunidad de volver a nacer. Cada día. Y esa es la mayor belleza. La posibilidad cada día de acercarse a Dios. De empaparse de él a través de los sacramentos, de convertirse en esa planta fuerte y bella a la que estamos llamados a Ser a través de su Gracia. La posibilidad de volver a convertirse en ese sueño que Dios tiene para cada uno de nosotros. 

María Zambrano, sigue su explicación diciendo que “se puede desnacer al traicionarlo, y borrar de esta forma lo que Él quiso que fuera”. Yo esto lo entiendo como el pecado, que no es otra cosa que hacer daño a Cristo haciéndonos daño a nosotros mismos. Al “desnacer” como dice Zambrano, se refiere al no recomenzar, a no crecer interiormente, incluso a morir en el sentido espiritual. Puede que a Dios una de las cosas que más le duelen es ver cómo hemos abandonado la lucha, porque muchas veces lo es, por cultivar la semilla que plantó dulce y cuidadosamente en nuestra alma. 

Podemos ver que en la teoría es fácil entenderlo, pero en la práctica esto resulta muy complicado ¿Cómo saber qué cosas, personas, ambientes, incluso libros, películas… asfixian esta semilla? ¿Y cómo cuidarla y cultivarla?

Yo intentaré responder desde la experiencia, desde la experiencia más humana y cotidiana que me susurra Cristo y el Espíritu Santo.

Hace poco, hablando con un sacerdote me reveló una forma esencial para comprobar si verdaderamente el camino en el que estaba me hacía bien. Me citó un pasaje del Evangelio: “por sus frutos lo conoceréis” (Mt 7, 15-20).

Y realmente, basta con comprobar los frutos que algo deja en tu corazón para intuir si te hace bien o si por el contrario te hace mal. Si te ayuda a cultivar esa “sombra de sueño” de la que hablamos o si cada vez impide que te acerques a ella. El alma es sabia y nos advierte. Y si algo deja posos de tristeza en tu corazón, es motivo para que lo valores y lo hables en la oración con el Señor. Porque la luz de Cristo basta para identificar si algo no es bueno para nosotros.

Muchas veces Dios nos reta. Y quizá como a Pedro el Jueves Santo que le preguntaron tres veces si no era apóstol de Jesús y tres veces lo negó, nos da la libertad para elegirlo a Él o no, para seguir el bien o el mal. Son tentaciones que hay a nuestro alrededor, porque Cristo nos quiere fuertes en la fe, nos quiere convencidos y apasionados por Su amor. 

Esta renuncia, que son momentos decisivos donde decidimos elegir a Cristo antes que a otras cosas que nos alejan, es evidente que supone un gran esfuerzo. Pero consiste en llenarse de Gracia de Dios y ofrecer todo aquello que nos cuesta. De esta forma nos negamos a nosotros mismos, porque estamos negando al cuerpo algo que le satisface. Pero estamos afirmando a Cristo y dejando que entre en nosotros su Amor y su Belleza, de esta forma, nuestra alma podrá relucir de alegría. Decir a Cristo un “sí” libre nos colma de paz y de felicidad. 

Cuando estuve viviendo en Italia, una de mis amigas de la residencia me dijo: “te deseo un amor a Cristo tan grande que queme todo lo que hay a tu alrededor”. Al leer esta frase pienso que si vivimos verdaderamente el amor de Cristo amaremos como Él ama, miraremos, perdonaremos y venceremos al mal como Él lo hace. 

Para identificar si algo afecta negativamente a nuestro interior, es importante preguntarnos si aquello nos hace daño en tres niveles diferentes: queremos menos a los demás, estamos más ensimismados en nosotros y menos pendientes de nuestro entorno y sus necesidades; nos hace querernos menos o desordenadamente y lo más importante, estamos más alejados de Cristo. 

“Nacer es pretender hacer real el sueño”, continúa la filósofa. Y Cristo, en cada amanecer, nos anima a acercarnos a Él, a que se cumpla Su promesa en nuestra vida, a que nazcamos en cada Eucaristía, en cada sonrisa que dedicamos a los demás, en cada rato de calidad que dedicamos a los necesitados, a nuestros seres queridos… Que nuestra vida se llene de momentos que nos hagan nacer, no morir. 

A mí me ayuda rezar al Espíritu Santo y comenzar el día encomendada a Él, para que me inspire los caminos que me llevan a la verdadera Belleza. 

Beatriz Azañedo, joven de Amistad en Cristo.

Artículo publicado en: https://www.tolkian.com/

Cuarto Domingo de San José

Cuarto dolor: Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: Mira, éste ha sido puesto como signo de contradicción para que se descubran los pensamientos de muchos corazones (Lc 2, 34-35).

Cuarto gozo: Porque han visto mis ojos tu salvación, la que preparaste ante todos los pueblos; luz para iluminar a las naciones (Lc 2, 30-31).

DESPUÉS DE LA ANUNCIACIÓN del ángel a María, la tradición cristiana ha identificado una anunciación similar a José: «Hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21). El santo patriarca estuvo «siempre dispuesto a hacer la voluntad de Dios manifestada en su ley y a través de los cuatro sueños que tuvo»[1]. El hecho de que José haya escuchado los designios divinos mientras dormía, y los haya puesto rápidamente en práctica, nos habla de su sintonía permanente con Dios; es una manifestación de que la vida contemplativa nos lleva normalmente a descubrir los planes buenos del Padre y a querer asociarnos a ellos de manera magnánima. Este modo de proceder es el fundamento de la obediencia al Señor. De hecho, la palabra «obedecer» viene justamente de esa capacidad de escucha –ob audire–, de esa capacidad de oír de manera inteligente lo que otro tiene que decirme; en este caso, es Dios quien introduce a José en la grandeza de su obra misericordiosa de salvación.

Por eso, la obediencia está muy lejos del cumplimiento ciego. Un requisito para obedecer, en toda su riqueza, es saber escuchar, tener el espíritu abierto; solo el que piensa puede ser obediente. San Josemaría reflexionaba en estos términos durante una homilía del año 1963: «La fe de José no vacila, su obediencia es siempre estricta y rápida. Para comprender mejor esta lección que nos da aquí el Santo Patriarca, es bueno que consideremos que su fe es activa, y que su docilidad no presenta la actitud de la obediencia de quien se deja arrastrar por los acontecimientos. Porque la fe cristiana es lo más opuesto al conformismo, o a la falta de actividad y de energía interiores. José se abandonó sin reservas en las manos de Dios, pero nunca rehusó reflexionar sobre los acontecimientos, y así pudo alcanzar del Señor ese grado de inteligencia de las obras de Dios, que es la verdadera sabiduría»[2].

En las páginas del Antiguo Testamento encontramos varias veces que Dios habla en sueños; sucede, por ejemplo, con Adán, Jacob o Samuel. Son testimonios de personas que han querido estar en constante diálogo divino, han dejado que Dios les hablase en todas las circunstancias. Y esos sueños son también una muestra de que, a través de la auténtica obediencia, podremos captar nuevas dimensiones de la existencia, nuevos nombres, lugares y planes.


SABEMOS QUE DIOS nos habla; sabemos que está a nuestro lado y que nos convoca sin cesar para que nos unamos a su amor –con todo lo que somos– a través de situaciones muy concretas. El Señor se dirige a nosotros cada día, cada momento, a través de las personas que nos rodean y de los sucesos que atravesamos. En todo se esconde parte del plan divino que podemos personalmente descubrir y desarrollar. Una plegaria que Jesús repitió por lo menos dos veces al día, según las enseñanzas judías, era la oración Shemá Israel, que comienza así: «Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios» (Dt 6,4). Entonces y ahora, lo primero será percibir esa voz divina que nos llama. «San José, como ningún hombre antes o después de él, ha aprendido de Jesús a estar atento para reconocer las maravillas de Dios, a tener el alma y el corazón abiertos»[3].

Para oír la voz de Dios debemos aprender a hacer silencio, sobre todo interior. La Sagrada Escritura nos dice que el profeta Elías no escuchó a Yahvé en el viento poderoso, ni en terremoto, ni en el fuego, sino en «un susurro de brisa suave» (1R 19,12). La vida de oración requiere que acallemos las voces que nos distraen para poder escuchar a Dios y también a nuestra voz interior, para compartir allí nuestros deseos o capacidades. En esa intimidad descubrimos quiénes somos, aprendemos a entrar en diálogo con la voz de Dios y a identificarnos con ella.

Los evangelistas no nos han dejado constancia de ninguna de las palabras pronunciadas por san José, pero sí conocemos sus acciones, que son fruto de la obediencia a Dios, de aquella escucha inteligente y de ese diálogo en la intimidad de su alma. «El silencio de san José no manifiesta un vacío interior, sino, al contrario, la plenitud de fe que lleva en su corazón y que guía todos sus pensamientos y todos sus actos»[4]. Esta actitud del patriarca fue la que hizo posible que, a partir de aquellos cuatro sueños, Dios pudiera orientar el rumbo de su vida. El recogimiento y la sensibilidad de José para detectar los planes divinos hizo que pudiera custodiar a María y a Jesús de los peligros y conducirlos a lugares más seguros. También nosotros podemos fomentar esta actitud de silencio y escucha para acercar a nuestra vida la voz y los proyectos de Dios.


A SAN JOSEMARÍA le gustaba decir que en el Nuevo Testamento hay dos frases que, en muy pocas palabras, resumen lo que fue la vida de Jesús. Por un lado, san Pablo nos dice que Jesús fue «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8); por otro lado, el evangelio de san Lucas dice que Jesús «vino a Nazaret y les estaba sujeto» (Lc 2,51), refiriéndose a su crecimiento en el hogar de María y José. En ambos pasajes notamos que el Señor realizó su plan de salvación obedeciendo por amor a Dios Padre y a su familia terrena. San Juan Pablo II notaba que «esta obediencia nazarena de Jesús a María y a José ocupa casi todos los años que él vivió en la tierra, y constituye, por tanto, el período más largo de esa total e ininterrumpida obediencia (…). Pertenece así a la Sagrada Familia una parte importante de ese divino misterio, cuyo fruto es la redención del mundo»[5].

En el ambiente familiar, con las personas que convivimos cada día, es donde aprendemos a escuchar y a obedecer, dentro de los planes de amor de Dios. Allí todos están en sintonía porque cada uno busca sinceramente el bien del otro. En la familia se experimenta el servicio mutuo, aprendemos a escuchar, a descubrir lo que conviene a todos. La obediencia es fruto del amor. Podemos imaginar con qué delicadeza José daría indicaciones a Jesús. Y, al mismo tiempo, podemos pensar cómo el Verbo encarnado desearía comprender y llevar a cabo, grata y gustosamente, lo que decía su padre terreno. En realidad «los tres miembros de esta familia se ayudan mutuamente a descubrir el plan de Dios. Rezaban, trabajaban, se comunicaban»[6].

Jesús habrá visto tantas veces el modo de desenvolverse de José en los años de Nazaret: hombre obediente por la fe. El santo patriarca obedeció y, de esa manera, anticipó la obediencia de Jesús hasta la cruz. La Sagrada Familia es una escuela en la podemos aprender que escuchar a Dios y asociarnos a su misión son dos caras de una misma moneda. Así comprenderemos «la fe de san José: plena, confiada, íntegra, manifestada en una entrega eficaz a la voluntad de Dios, en una obediencia inteligente»[7].

«Eres Tú el que me levantas de mi propio barro»

Siempre he querido identificarme con el SAMARITANO que no pasa de largo (sin conseguirlo), que ve desde la distancia al hombre herido y se agacha para decirle al oído que le AMA… que le cura de sus heridas… y que se hace cargo de todos los gastos de su cuidado, que no lo deja sólo, hasta que El VUELVA…

Siempre he querido, he hecho esfuerzos, por verme en la persona del SAMARITANO, sin conseguirlo… Ahora me lo has dado a conocer, y es que yo soy el que está tendido en el suelo, herido, sin nada… Y eres Tú Jesús el que viéndome ahí y compareciente de mí pobreza, mi impotencia, mi nada, te arrodilla, te abejas para llegar a mi estado de invalidez, mi nada y me levantas del barro, del barro del camino y de mi propio barro… y me curas mis heridas, y me sanas de mi ceguera… y me entregas a tu familia, la Iglesia, y les encargas de mi cuidado hasta que «YO VUELVA».

Y aunque tarde Señor, «te doy las Gracias, porque Tú eres el Amor que habita en la Trinidad, porque Tú eres nuestra Luz… «Y la Luz brilla en las tinieblas, y a los que la recibieron les da el poder de ser Hijos de Dios, y por tanto Herederos de su Gloria Eterna…»!!


Rosario Aguilar

Tercer Domingo de San José

Tercer dolor: Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno (Lc 2,21).

Tercer gozo: Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt 1, 21).

VER CÓMO CRECEN los hijos es una de las alegrías más grandes que ofrece la vida. Ese gozo lo experimentó san José al ver que Jesús crecía «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,52). La misión principal de los padres es preparar a los hijos para que ellos, a su vez, puedan encontrar y llevar adelante la suya propia. José, a través de su tierno cuidado, preparó a Jesús en sus primeros pasos en la tierra. Por eso, durante su vida oculta y durante su vida pública, «Jesús debía parecerse a José: en el modo de trabajar, en rasgos de su carácter, en la manera de hablar. En el realismo de Jesús, en su espíritu de observación, en su modo de sentarse a la mesa y de partir el pan, en su gusto por exponer la doctrina de una manera concreta, tomando ejemplo de las cosas de la vida ordinaria, se refleja lo que ha sido la infancia y la juventud de Jesús y, por tanto, su trato con José»[1].

«En la sinagoga, durante la oración de los Salmos, José ciertamente habrá oído el eco de que el Dios de Israel es un Dios de ternura»[2]. Y esa fue su actitud de padre con Jesús. El santo patriarca probablemente no acompañó a su hijo cuando ya eran visibles algunas manifestaciones de la llegada del Reino de Dios: cuando le siguen numerosos discípulos, durante las milagrosas curaciones o cuando las multitudes escuchan las palabras de quien él había visto crecer. San José, al contrario, siempre se desenvolvió en la discreción de la educación familiar, en ese ámbito tan doméstico, tan escondido pero a la vez tan fecundo y lleno de amor. Los frutos de aquellos años no tardaron en llegar: «Ese Jesús que es hombre, que habla con el acento de una región determinada de Israel, que se parece a un artesano llamado José, ése es el Hijo de Dios. Y ¿quién puede enseñar algo a Dios? Pero es realmente hombre, y vive normalmente: primero como niño, luego como muchacho, que ayuda en el taller de José; finalmente como un hombre maduro, en la plenitud de su edad»[3]. La ternura de José sigue viva a través de aquel Hijo que creció bajo su techo y que tanto se le parece.


LA ENSEÑANZA de la ley de Moisés era obligación y privilegio del padre de familia. Por eso, fue José quien tuvo la peculiar tarea de enseñar al Mesías la historia de Israel y la fe de la Alianza. María y su esposo veían que Jesús era un niño como tantos otros pero, a la vez, sabían que todo el misterio de Dios habitaba en él. A ellos les fue confiada la responsabilidad de poner el nombre de «Jesús» a la segunda persona de la Santísima Trinidad encarnada y de educarlo en la tradición del pueblo elegido. El profeta escribe: «Cuando Israel era niño, Yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo (…). Era para ellos como quien alza a un niño hasta sus mejillas, y me inclinaba a él y le daba de comer» (Os 11,1-4). Si la tradición cristiana ha visto en este oráculo la referencia a Cristo, se puede ver también una referencia a María y a José. El amor de Dios a Israel se compara al amor de un padre y de una madre hacia su hijo. Era Dios quien cuidaba siempre de su Hijo, pero lo hacía a través de la Sagrada Familia; es Dios quien enseña, pero a través de los hombres.

Un niño pequeño en Israel pasaría la mayor parte de su tiempo jugando con otros chicos de su edad en la calle o en las plazas. «Las plazas de la ciudad se llenarán de niños y niñas jugando en ellas» (Za 8,5), dice el profeta; y el Señor habla también de los niños que se sientan en las plazas (cfr. Mt 11,16). La vida en Nazaret era una vida al aire libre. En este contexto, los padres impartían a sus pequeños los primeros rudimentos de la instrucción en la fe: «Escucha, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no abandones la enseñanza de tu madre, que son diadema de gracia para tu cabeza y collares para tu cuello» (Pr 1,8). Jesús Niño grababa en su corazón las enseñanzas de José y las instrucciones de María. Esas enseñanzas que daba san José a su hijo son lo que hoy llamamos «catequesis familiar», la transmisión de la fe, tanto vivida como en palabras. «El hogar debe seguir siendo el lugar donde se enseñe a percibir las razones y la hermosura de la fe, a rezar y a servir al prójimo»[4]. Es en ese clima familiar en donde Dios, imperceptiblemente, entra a formar parte de la vida de los hijos; aquellas primeras oraciones y manifestaciones de piedad que hemos heredado permanecen para siempre en lo más profundo de nuestra alma.


SANTA MARÍA y san José no solamente enseñaron a Cristo las costumbres y la ley de Moisés sino que, descubriendo el misterio de Dios en su Hijo, se dieron cuenta de que ellos mismos aprenderían mucho de Jesús. El evangelista san Lucas nos repite dos veces que María guardaba y meditaba en su corazón los acontecimientos y las palabras de su Hijo. ¡Qué importancia tiene saber mirar y escuchar, de un modo similar a como lo hicieron la Virgen Santísima y su esposo José!

Cuántas veces, al ver a Jesús, el santo patriarca se habrá asombrado pensando: ¡qué bueno es Dios! ¡Qué amable y tierno! ¡Qué paciente y cercano a nosotros! La paciencia y la comprensión son características fundamentales que todo padre –y, en general, todo maestro– debe tener, especialmente ante los defectos propios y ajenos; pues «debemos aprender a aceptar nuestra debilidad con intensa ternura. El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo»[5]. Al contrario, debemos descubrir, una y otra vez, lo positivo en nosotros y en los demás, pues así se acerca Dios a nuestra vida: «La verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona. La verdad siempre se nos presenta como el Padre misericordioso de la parábola: viene a nuestro encuentro, nos devuelve la dignidad, nos pone nuevamente de pie»[6]. No hay nada que anime más a mejorar la conducta que el aliento, la palabra amable, la comprensión ante la debilidad.

San José aprendió de su hijo, que era Dios, a ver el mundo con compasión y ternura. Decía san Josemaría: «José era un gran cariño de Jesucristo; María era su Madre, a la que quería con locura. Pues vamos a tener nosotros una devoción grande a San José, una devoción tierna, delicada, fina, afectuosa. Le llamamos Padre y Señor nuestro: ¡pues vayamos a él como hijos, constantemente! Y, por él, a María, dialogando con los dos. ¿Habéis visto esas representaciones de la Sagrada Familia con el Niño en el centro, la Virgen a la derecha y San José a la izquierda, dándose la mano? Pues esta vez somos nosotros los que nos cogemos de la mano de María y de José, y así nos llevarán hasta Jesús»[7].

Reflexión del Evangelio Domingo 12 de febrero

Buenos días mis hermanos en Cristo.
Que alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor…. todos reunidos alrededor del Altar en un solo Corazón en el de nuestro Amor de los Amores.
Señor ¡Cuánto sufrimiento hay, guerras, terremotos, incendios, hambre, Países explotados, niños… !¿Qué vamos a decir que Tú no sepas Jesús amado?
Con nuestra Madre, S. José y nuestro Ángel Custodio.

Podemos decir que el Espíritu Santo, a un mismo tiempo, es atraído por la oración de la Iglesia, reunida para orar y también alienta e inspira la oración de la Iglesia (P. Cantera)

Concha Puig

Evangelio (Mt 5,17-37)

No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos. Os digo, pues, que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; el que le maldiga será reo del fuego del infierno. Por lo tanto, si al llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, vete primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve después para presentar tu ofrenda. Ponte de acuerdo cuanto antes con tu adversario mientras vas de camino con él; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al alguacil y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que restituyas la última moneda.

Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te escandaliza, córtala y arrójala lejos de ti; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo acabe en el infierno.

Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer, que le dé el libelo de repudio. Pero yo os digo que todo el que repudia a su mujer —excepto en el caso de fornicación— la expone a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.

También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano, sino que cumplirás los juramentos que le hayas hecho al Señor. Pero yo os digo: no juréis de ningún modo; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes volver blanco o negro ni un solo cabello. Que vuestro modo de hablar sea: «Sí, sí»; «no, no». Lo que exceda de esto, viene del Maligno.

Os recomendamos escuchar la Homilía que ha dado el sacerdote el Padre Ignacio en la Iglesia de San Bonifacio:

Ayer, jóvenes de nuestro grupo estuvieron en el Rosario por la juventud, ALELUYA ¡¡ BENDITO SEAS SEÑOR POR SIEMPRE. SANTO, SANTO, SANTO!!

¡Os deseamos un feliz y Santo Domingo, día del Señor!

Reflexión sobre el día de la Virgen de Lourdes

El 11 de febrero de 1858, la Virgen María se apareció a la hija de unos humildes molineros.  Bernadette Soubirous, se llamaba la chica de 14 años.  Fue la mayor de seis hermanos, era una chica sencilla, sin apenas preparación, ni cultura, pues sus padres eran sumamente pobres, y no pudieron enviarla a hacer estudios.

 Un día, va con su hermana y una amiga a buscar leña seca, y cuando ella se disponía a atravesar un brazo de un río, llamado el río “Gabe”, escuchó de repente un fuerte viento que la obliga a levantar la cabeza.  Hay una roca, y en la abertura de esa roca, que se llama Massabielle, se alza ante su vista una joven inmóvil y silenciosa.

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

 Tan bella, -dice ella en sus escritos-:  “Cuando se ha visto una vez, se querría morir para volverla a ver”.

 Y en esa aparición, estaba con un vestido blanco, un cinturón azul, y el rosario entre los dedos.  Habían pasado cuatro años desde que el Papa Pio IX, había definido el dogma de la Inmaculada Concepción, y la Virgen quiso presentarse ahí, en ese sitio de Lourdes.

 Continúa este relato hermosísimo de Bernadette, que dice:

“Me saludó inclinando la cabeza, creyendo engañarme, me restregué los ojos, pero alzándose, vi de nuevo a la joven que me sonreía, y me hacía señas para que me acercara.  Pero yo no me atrevía, y no es que tuviera miedo, porque cuando una tiene miedo huye, y yo me hubiera quedado allí mirándola toda la vida.

Entonces, se me ocurrió rezar, y saqué el rosario, me arrodillé.  Y vi, que la joven se santiguaba.  Mientras yo rezaba, ella iba pasando las cuentas de su rosario sin decir nada, y cuando yo dije: Gloria al Padre, ella también lo dijo.  Y terminando el rosario, me sonrió otra vez, se elevó un poco y desapareció”. 

¡Qué belleza de narración! ¡Te imaginas tú, a la Virgen! ¿Cómo habrá estado en ese momento, con esa niña de 14 años? Lo más básico posible, es que, entre los sencillos, la Virgen se siente más a gusto.

SER SENCILLOS

Por eso madre, hoy en esta fiesta, te pedimos que nos ayudes a ser sencillos también nosotros.  Que aprendamos a acoger también el rosario, que no tengamos vergüenza de usarlo con frecuencia, así nos vean…

Cierto es, no hace falta hacer manifestaciones exteriores de piedad, pero tampoco a escondidas.  Y decir que uno reza el rosario, y sacar el rosario de vez en cuando, no lo veo para nada mal. ¡Es más; es una forma de evangelizar también! 

REZAR EL ROSARIO

Por eso, rezar el rosario conlleva esta necesidad de ser sencillos.  ¡Ser sencillos!  Porque, se ve que a la Virgen le gusta eso.  Esa misma cita con Bernadette se repitió 18 veces.   

Cuenta Bernadette que, en la sexta cita, el 21 de febrero

“Dirigió un momento la mirada por encima de mi cabeza, para recorrer el mundo y después volviéndola llena de dolor sobre mí, me dijo: ruega a Dios por los pecadores.”

 Igualmente, en otras ocasiones, muchas veces decía: ¡Penitencia! ¡Penitencia! Y luego pidió que se le hiciera una capilla en ese lugar. Dos días más tarde, pidió que se hicieran procesiones también ahí.  

El 25 de marzo, -cuenta Bernadette-:

“Viéndola tan amable, le pregunté su nombre; me sonrió.  Se lo volví a preguntar; y volvió a sonreír.  Insistí de nuevo, y me dijo: soy la “Inmaculada Concepción”.

 ¡Qué bonito, madre! ¡Cómo te gustan estas cosas a ti!  Eres la Inmaculada Concepción.  Y por eso cada vez que empezamos nuestra oración, decimos lo mismo: ¡Madre mía Inmaculada! ¡Madre mía Inmaculada!

Eres La Reina del Cielo, pero sobre todo eres mi madre y madre mía inmaculada, que buscas y quieres, que seamos siempre  muy sencillos. 

¡Gracias madre! Ayúdanos a luchar por ser así, “sencillos”, para que cuando estemos en el mundo, dando tu testimonio, seamos dignos hijos tuyos.

UNA COMIDA FAMILIAR

El otro día, estuve en una comida familiar, con gente que no veía desde hace muchos años, ¡30 años! Apareció una chica, que me parecía muy parecida a una prima, entonces le pregunté. Y efectivamente, era su hija, su última hija.

Y me dio una alegría verle, con buenos modales, atenta a ayudar en todo lo que hacía falta…   Y pensé con alegría: “digna hija de su madre”. 

 Nosotros como cristianos, tenemos que ser también, “dignos hijos de nuestra madre”.   E intentar sacar de nuestra vida, las cosas que hablan mal de nuestra familia, ¿Qué familia? ¡De la familia de los cristianos! ¡De la familia de los católicos! 

 ¿Y, qué podría hablar mal? Pues, cuando nos comportamos con alevosía; cuando no somos justos; cuando intentamos hacernos los sapos, los escurridizos ante nuestras obligaciones; o los vivos, intentando sacar beneficios de las situaciones… Etc.

 Eso no es una cosa positiva, ¡al revés! La Virgen lo que quiere, es que seamos sencillos, y esa sencillez, es una consecuencia lógica de la humildad, de sabernos poca cosa y necesitados de Dios.

ENSÉÑANOS EL CAMINO

 ¡Madre! ¡María! Enséñanos ese camino, y nuestra madre la Virgen, nos enseña el camino, a través de una oración súper conocida, que es: “El Santo Rosario”

 ¿Y por qué?  Porque el Santo Rosario, es la oración de los sencillos, de los que repiten una y otra vez lo mismo, porque no se les ocurre nada mejor, porque han puesto su confianza por completo en su madre.

 Y a ella le gusta esa oración, y si le gusta a ella… aunque haya otras cosas que nos parezcan a nosotros más bonitas, a ella se lo recitamos todos los días, porque sabemos, que es lo que le gusta.

 Y esto es lo que nos remueve a cada uno de nosotros: ¡El darle una alegría a la Virgen!

 ¡Vamos!  Te invito a rezar el Rosario con más intensidad, si se puede. Pensando en las palabras que repetimos, diciéndole a nuestra madre, que le queremos. Santa madre, ayúdanos a ir con más fuerza al Rosario.

QUE SEPA SER SENCILLO

 Madre mía Inmaculada, que sepa ser sencillo para agradarte en todas las cosas que hago. Te pedimos que nos enseñes siempre a tu Hijo, Jesús.  Él también, fue un hijo de tan buena madre.  

Jesús, se habrá esforzado muchas veces en darte alegrías en las cosas de la casa, también en su predicación;  no habrá desaprovechado oportunidad para que te sintieras feliz.

Pues, lo mismo queremos hacer nosotros, y sabemos que una excelente forma de conseguirlo, es la oración del Santo Rosario. Vamos a hacer este propósito, el de rezar mejor el Rosario, para darle esa alegría a nuestra madre.

ORACIÓN PARA PEDIR LA SALUD DE LOS ENFERMOS

¡Oh amabilísima Virgen de Lourdes, Madre de Dios y Madre nuestra! Llenos de aflicción y con lágrimas fluyendo de los ojos, acudimos en las horas amargas de la enfermedad a vuestro maternal corazón, para pediros que derraméis a manos llenas el tesoro de vuestras misericordias sobre nosotros.
Indignos somos por nuestros pecados de que nos escuchéis: pero acordaos, os diré como vuestro siervo San Bernardo, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a Vos haya sido abandonado de Vos. ¡Madre tierna! ¡Madre bondadosa! ¡Madre dulcísima! Ya que Dios obra por vuestra mano curaciones innumerables en la Gruta prodigiosa de Lourdes, sanando tantas víctimas del dolor, guardad también una mirada de bendición para nuestro pobre enfermo…(dígase el nombre del enfermo/a). Alcanzadle de vuestro Divino Hijo Jesucristo la deseada salud, si ha de ser para mayor gloria de Dios. Pero mucho más, alcanzadnos a todos el perdón de nuestros pecados, paciencia y resignación en los sufrimientos y sobre todo un amor grande y eterno a nuestro Dios, prisionero por nosotros en los Sagrarios. Amén.

Virgen de Lourdes, ¡ rogad por nosotros !.
Consuelo de los afligidos, ¡ rogad por nosotros !.
Salud de los enfermos, ¡ rogad por nosotros !.
Rezar tres Avemarías.

«Effetá», ha llegado la liberación a los cautivos

Evangelio de hoy San Marcos 7, 31-37
En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.
Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.»
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.
Y en el colmo del asombro decían: Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

Aunque ni sordo ni mudo, frecuentemente pareciera que lo somos porque no escuchamos, Señor, y no hablamos a los demás de la experiencia de tu Amor. Inspira esta oración para que de ella saquemos la fuerza de voluntad y seamos siempre un testigos fieles de Tu Amor.
Jesús, confíamos en Tu infinito Amor, haz nuestro corazón semejante al tuyo.
 

Comentaba con gran precisión el Papa Francisco: “Pensemos en los muchos que Jesús ha querido encontrar, sobre todo, personas afectadas por la enfermedad y la discapacidad, para sanarles y devolverles su dignidad plena. Es muy importante que justo estas personas se conviertan en testigos de una nueva actitud, que podemos llamar cultura del encuentro […]
Aquí están las dos culturas opuestas. La cultura del encuentro y la cultura de la exclusión, la cultura del prejuicio, porque se perjudica y se excluye. La persona enferma y discapacitada, precisamente a partir de su fragilidad, de su límite, puede llegar a ser testigo del encuentro: el encuentro con Jesús, que abre a la vida y a la fe, y el encuentro con los demás, con la comunidad. En efecto, sólo quien reconoce la propia fragilidad, el propio límite puede construir relaciones fraternas y solidarias, en la Iglesia y en la sociedad.
Y ahora miremos a la Virgen. En ella se dio el primer encuentro: el encuentro entre Dios y la humanidad. Pidamos a la Virgen que nos ayude a ir adelante en esta cultura del encuentro. Y nos dirigimos a Ella con el Ave María.” (Discurso de S.S. Francisco, 29 de marzo de 2014).
 

«Ve y dile que los ciegos ven, los sordos oyen, y que ha llegado la liberación a los cautivos» (Mt 11, 5). Así resume su misión Cristo, porque ha sido enviado a curar a todos los enfermos y a traer la paz a los hombres.

Segundo Domingo de San José, 5 de febrero

Segundo dolor: Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron (Jn 1,11).

Segundo gozo: Fueron deprisa y encontraron a María, a José y al niño reclinado en el pesebre (Lc 2,16).

EN LA ORACIÓN pronunciada por Cristo en Getsemaní se manifiesta la cercanía y el poder de Dios: «¡Abbá, Padre, para ti todo es posible!» (Mc 14,35). Podemos pensar que Jesús, años antes, se dirigió muchas veces con esa misma exclamación a José, su padre en la tierra: abbá, papá. Por eso el patriarca, en su humanidad igual a la nuestra, es en cierto sentido un icono de la paternidad de Dios. Así lo ha entendido a lo largo de los siglos la piedad popular y lo han hecho también los artistas, representando a san José con un rostro idéntico al del Padre.

San Josemaría notaba que Dios es el primero que ama de modo especialísimo a san José. Dios, al preparar un padre terrenal para Jesús, de manera similar a como lo había hecho con María, eligió a un hombre especial, justo, cuya santidad atraía a los demás y llenaba de paz su entorno. «La Sagrada Escritura cuenta muy poco de san José. Parece que tenía un empeño muy grande de pasar oculto, y el Señor le ha concedido esa virtud tan hermosa (…). Inmediatamente después de la Virgen, estoy seguro de que en santidad viene José. Y san José ha tratado tanto a la Virgen y al Niño Dios que hasta la liturgia se pone –¿cómo diría yo?– afectuosa… San José está adornado de virtudes admirables. Sería encantador, y tendría además un carácter lleno de fortaleza, de reciedumbre y de suavidad a la vez»[1].

Es muy significativo que, en la genealogía de Jesucristo que nos detalla el evangelio de san Mateo, el hilo de unión entre generaciones sea la paternidad: Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, etc. Pero, al llegar al último eslabón, el evangelista rompe la secuencia anotando: «Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo» (Mt 1,16). La paternidad le toca a san José no por haber engendrado a Jesús sino por ser el esposo de la Virgen María. San José es un «padre que siempre ha sido amado por el pueblo cristiano»[2] justamente por ser el esposo amado de nuestra Madre. Es la belleza y grandeza del matrimonio lo que funda su paternidad. Y aquel padre y esposo, querido por tantos fieles, nos puede preguntar: «¿Confías en mis desvelos por ti? ¿Confías en el deseo que tengo de acercarte al amor de Dios?».


«JOSÉ, HIJO DE DAVID, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús» (Mt 1,20). En estas breves palabras del evangelista podemos descubrir tres cosas: primero, el carácter personal de la elección divina –que se manifiesta en el uso de los nombres propios «José» y «María»–; después, la relación que los unirá –«tu esposa»–; y, en tercer lugar, la responsabilidad que Dios confiere al patriarca –tú «le pondrás por nombre»–. En la vida de María y de José todo está en relación con Jesús, todo está ordenado hacia él. Ese amor matrimonial se traduce en un mirar juntos a su hijo para, así, como padre y madre, participar en la obra de la redención. La mayor parte de los cristianos viven su fe precisamente así, dentro del matrimonio, ya que se trata de una vocación, un camino para mirar e ir hacia Jesucristo.

En una ocasión, una madre de familia que había quedado viuda preguntó a san Josemaría cómo llenar el vacío dejado por su esposo: «Sé muy devota de san José –respondió el fundador del Opus Dei–. San José llevó adelante la familia de Nazaret, y llevará adelante también la tuya. Adquiere una imagencita de san José, tenle devoción, enciéndele piadosamente una luz de cuando en cuando, como nuestras madres, como nuestras abuelas: todas las viejas devociones son actuales, no hay ni una que no sea actual»[3]. Ya santa Teresa, siglos atrás, animaba a todas las almas a confiar sin reservas en san José: «Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios»[4].

El santo patriarca, al haber recibido la misión de educar al Hijo de Dios, de tomarlo de la mano para acompañarlo en sus primeros pasos en tantos ámbitos de la vida, puede ser un apoyo para todas las familias y para todo apóstol. San José educó al Niño Jesús en cómo relacionarse con las demás personas, en el trabajo, en la escucha de la Sagrada Escritura llevándolo los sábados a la sinagoga… «La misión de san José es ciertamente única e irrepetible, porque absolutamente único es Jesús. Y, sin embargo, al custodiar a Jesús, educándolo en el crecimiento en edad, sabiduría y gracia, él es modelo para todo educador, en especial para todo padre»[5].


SAN JOSÉ tiene un papel propio e insustituible en la configuración de la Sagrada Familia. «La encarnación del Verbo en una familia humana, en Nazaret, conmueve con su novedad la historia del mundo. Necesitamos sumergirnos en el misterio del nacimiento de Jesús, en el sí de María al anuncio del ángel, cuando germinó la Palabra en su seno; también en el sí de José, que dio el nombre a Jesús y se hizo cargo de María»[6]. El patriarca, por aquella particular llamada a constituir la familia de Jesús, aprende a ser padre, colabora en la preparación del Hijo para el cumplimiento de su misión. Y, al mismo tiempo, se encuentra permanentemente al lado de su esposa, sosteniéndola en su tarea de ser madre de Dios. Por eso san José es patrono también del nacimiento y del desarrollo de nuestras familias.

«La familia es ciertamente una gracia de Dios, que deja traslucir lo que él mismo es: amor. Un amor enteramente gratuito, que sustenta la fidelidad sin límites, aun en los momentos de dificultad o abatimiento»[7]. San Juan Pablo II señalaba que el futuro de la humanidad pasa por la familia porque allí, generalmente, desarrollamos los fundamentos más importantes para tener una vida feliz, aunque Dios también pueda tener otros caminos, ya que cada persona es única. Por eso acudimos especialmente a san José, patrono de la familia, para que nos ayude a vivir y a mostrar su belleza, según el modelo de Nazaret.

«No tengamos miedo de invitar a Jesús a la fiesta de bodas, de invitarlo a nuestra casa, para que esté con nosotros y proteja a la familia. Y no tengamos miedo de invitar también a su madre María. Los cristianos, cuando se casan “en el Señor”, se transforman en un signo eficaz del amor de Dios. Los cristianos no se casan sólo para sí mismos: se casan en el Señor en favor de toda la comunidad, de toda la sociedad»[8]. A san José, esposo de la bienaventurada Virgen María, le imploramos diariamente con esta súplica: Dios te hizo padre y señor de toda su casa, así que ¡ruega por nosotros!