San José, hombre de la Providencia

La providencia es uno de los conceptos más importantes y relevantes de la concepción cristiana del mundo. “Llamamos divina Providencia las disposiciones por medio de las cuales Dios conduce la creación hacia esta perfección”, nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 302). Dios es solicito por el bien de lo que ha creado. El no crea para luego abandonar a su creatura. De modo especial los seres humanos gozan de un especial cuidado por parte de Dios. Jesús dijo a sus discípulos en el sermón de la montaña: “Buscad el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6, 33). Él los invita a abandonarse con confianza a este cuidado, añadiendo: “No os afanéis por el mañana, porque el mañana tendrá sus inquietudes. A cada día le es suficiente su afán” (Mt 6, 34).

Cuando designamos a San José como hombre de la Providencia, lo podemos hacer en dos sentidos. El primero es considerar que San José fue instrumento de la providencia divina para cuidar de modo especial de María y del Niño Jesús. Y el segundo aspecto ve en él, en San José, un hombre que vivió siempre absolutamente confiado en el cuidado paternal de Dios sobre vida y de sobre la Sagrada Familia.
Hay y habido hombres y mujeres que los llamamos “hombres providenciales”, en el sentido de que a través de ellos una nación, un pueblo, una sociedad, una familia, han recibido especiales dones en momentos particularmente cruciales de la historia. Ellos han sabido ser, consciente o inconscientemente, personas de las que la providencia divina se valió para sus propios planes. San José fue también un hombre de la providencia en este sentido pues él ofreció su disponibilidad a Dios para ser el mediador del cuidado que iba a darse a María y a Jesús. Dios hacia llegar a la Sagrada Familia los cuidados que su bondad tenia preparados para ellos a través de la solicitud de San José. El fue el administrador fiel a quien el dueño confió el cuidado de Jesús y de María.

En este sentido también nosotros somos llamados a ser, como San José, hombres de la providencia. Dios también, en sus planes misteriosos, seguramente que también nos ha elegido para ser instrumento de su providencia para otros hermanos nuestros. Son instrumentos de la providencia divina los padres en relación con sus hijos, deben también serlo los responsables de autoridad en relación con quien dirigen, si es que ejercen con espíritu desinteresado y de servicio esta misión. No está mal preguntarse de vez en cuando si nosotros somos instrumento de la providencia con algunos hermanos nuestros y si estamos cumpliendo bien esta misión. Al mismo tiempo ayuda también pensar que ha habido personas de las que hemos recibido, por voluntad divina, muchos bienes providenciales, y hacia las cuales hemos de estar agradecidos.

San José, además de ser un instrumento de la providencia divina, fue un hombre capaz de entender los signos de esta providencia y de seguirlos, abandonándose en momentos decisivos de su vida a este cuidado amoroso de Dios. Pensemos sobre todo en todo lo que tuvo relación con el nacimiento de Jesús en una tierra extraña, en condiciones difíciles para el nacimiento de un niño. No conocía todos los detalles de cómo ese gran evento se iba a realizar y se sentía responsable de que todo pasara lo mejor posible. No hubo para ellos lugar en la posada, no encontró para Jesús una casa donde nacer, sino solo una gruta y un pesebre. Hubiera querido darle algo mejor, pero sabía que todo esto tenia un sentido oculto en los planes de Dios para él y para la misma humanidad. Algo parecido ocurrió con la huida a Egipto. De nuevo tuvo que improvisar un plan al último minuto, seguramente encontrando muchos obstáculos concretos, que los Evangelios no nos narran. En todo ello pudo ver la mano providente de Dios sobre este Niño cuyo cuidado le había sido confiado.

El Señor también nos invita a nosotros a vivir el sentido de la providencia divina, el abandono en la fe a sus planes, que no siempre entendemos. Vivir confiando en el cuidado continuo del Padre celeste es todo un programa de vida para el cristiano. Esto, que podría parecer a primera vista algo sencillo, es sin embargo todo un reto. Nosotros, espontáneamente queremos controlar todo, queremos dominar sobre todo el futuro, quisiéramos tener un plan de ruta previo de nuestra vida y de nuestra historia. Sin embargo nos tenemos que reconocer humildes caminantes que van hacia la meta, paso a paso. Incluso a veces la meta parece que se aleja, que es demasiado laberíntica, llena de curvas que parecen no tener sentido. En esos entresijos grises o incluso oscuros de la historia se encuentra la mano providente de Dios. Esa mano divina San José la supo reconocer en los signos que diariamente el Padre le enviaba para que condujese según sus planes a la Sagrada Familia. Pidámosle a Él, a San José, que nos conceda la gracia de ser hombres que se ponen al servicio de la providencia divina y que la saben reconocer en su propia historia. Hombres que no temen el abandono confiado y gozoso en los brazos del Padre celeste.

Padre Pedro Barrajón LC

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