Evangelio del Domingo 21 de mayo: día de la Ascensión

Hoy celebramos la Ascensión del Señor. Se sentó a la derecha de Dios. Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba en ellos y confirmaba la palabra con los signos que los acompañaban. Mc. 16,15 – 20
¿Y nosotros? ¿La proclamamos? ¿Nos lo tomamos en serio? ¿Y crece cada día más el deseo en nuestros corazones de llevar almas a Dios?
Que alegría cuando me dijeron vamos.. hoy nuestra cita semanal alrededor del ALTAR a ser uno en el AMOR. Con nuestra Madre S. José y nuestro Ángel Custodio. Gracias y perdón ❤‍🔥

Concha Puig

…He aquí, entonces, lo que ha ocurrido: mi pobre don (las ofrendas), carente de valor, se ha convertido en el don perfecto para el Padre. Jesús, no se da solo en el pan y el vino, nos toma también a nosotros y nos cambia (místicamente, no realmente) en sí mismo, nos da también a nosotros el valor que tiene su don de amor al Padre. En ese pan y en ese vino estamos también nosotros: En lo que ofrece, la Iglesia se ofrece a sí misma:
San Agustín.

Evangelio de hoy:

Evangelio según San Mateo 28, 16-20
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
-«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.
Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo
¡¡GLORIA A TI SEÑOR!!

Unas palabras de San Juan Pablo II:

“Dios ha vencido la muerte y en Jesús ha inaugurado definitivamente su Reino. Durante su vida terrena Jesús es el profeta del Reino. Y, después de su Pasión, Resurrección y Ascensión al cielo, participa del poder de Dios y de su dominio sobre el mundo” (Redemptoris missio, n. 16).
La Ascensión del Señor nos habla de esperanza. En la oración colecta de la Misa de la solemnidad de la Ascensión, pedimos a Dios: Concédenos, Señor, rebosar de alegría al celebrar la gloriosa Ascensión de Tu Hijo, y elevar a ti una cumplida acción de gracias, pues el triunfo de Cristo es ya nuestra victoria y, ya que El es la cabeza de la Iglesia, haz que nosotros, que somos su cuerpo, nos sintamos atraídos por una irresistible esperanza hacia donde Él nos precedió.  
Siempre con esperanza, alegría y humildad Amén.

¡Feliz y Santo Domingo a todos!

«ID AL MUNDO ENTERO Y PROCLAMAD EL EVANGELIO» (Jn 16,15)

Dejarnos hacer con la luz del Espíritu Santo

«Pedir algo en tu Nombre…» Cómo pedir algo en «Tú Nombre…» Ya no hablaré en comparaciones, sino claramente del Padre…»

Jesús nos «presta» su Nombre para dirigirnos al Padre, ya no habla en comparaciones, sino que nos abre su corazón para que en él podamos encontrar y entender, adorar al Padre… Sólo con la Luz del Espíritu Santo podemos percibir, entender y saborear lo que nos dice a cada uno… y así, en una sola mirada, poder contemplar, también una sola imágen, a la Santísima Trinidad un solo Dios… un sólo Corazón atrayendonos a su Santidad… su Bondad… su Belleza, en un Amor de Misericordia que no se cansa de esperar… !

Ven Espiritu Santo!!!! SER SANTOS… la tentación es verlo como algo «imposible… como una carga..». pero ser santos es algo al alcance de todos… es acoger su Amor en nuestro corazón y dejarnos hacer, abandonarnos… cada uno con su propia vida, con lo que se le ha concedido y encomendado…

Nos ha dado también la música para entender… es un poco «su aliento» para abrir nuestro corazón al Espíritu Santo… Así recibió el don de la Fé el compositor Gustav Mahler, y a través de sus propias palabras cantadas por el Coro en su Sinfonía 2 Resurrección… nos comparte cómo buscando, encuentras. «Oh creelo, no has nacido en vano! Los que han perecido resucitan… deja de temblar…! Prepárate a vivir !oh dolor!, tú que todo lo colmas, he escapado de ti…! Ah muerte, tú que todo lo doblegas… ahora has sido doblegada! Con alas que he conquistado en ardiente afán de Amor !levantaré el vuelo hacia la Luz que no ha alcanzado ningún ojo! Moriré para vivir!!! Resucitare… si resucitare, corazón mío, en un instante! Lo que ha latido !habrá de llevarte a Dios…!!!! Tú eres aquello por lo que amaste y luchaste, !creelo, no has nacido y sufrido en vano… Lo que has llegado a ser, debe pasar… Lo que ha pasado Resucitará!!!!

Rosario Aguilar

Reflexión al Evangelio de hoy sábado 20 de mayo

Evangelio (Jn 16,23-28)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

— En verdad, en verdad os digo: si le pedís al Padre algo en mi nombre, os lo concederá. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. Os he dicho todo esto con comparaciones. Llega la hora en que ya no hablaré con comparaciones, sino que claramente os anunciaré las cosas acerca del Padre. Ese día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, ya que el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado y habéis creído que yo salí de Dios. Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y voy al Padre.

Los discípulos, sobre todo en el rezo de los Salmos, ya pedían confiadamente a Dios, le alababan y le daban gracias, invocando el nombre del Señor: “Alabaré al Señor por su justicia, y cantaré al Nombre del Señor Altísimo” (Salmos 7,18). “Me alegro, me regocijo en Ti, y canto salmos a tu Nombre, ¡oh Altísimo! (Salmos 9,3). “Que el Señor te escuche el día de la angustia, que te proteja el Nombre del Dios de Jacob. (…) Unos confían en los carros, otros en los caballos; nosotros invocamos el Nombre del Señor, nuestro Dios”. (Salmos 20,2.8). Y habían aprendido de labios del mismo Jesús el mejor modo de orar: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre”. Ahora descubrían que ese Nombre del Señor es “Jesús”, quien les está hablando, en quien pueden depositar toda su confianza.

¡¡Pedid al Señor, Él nos escucha!!

Reflexión al Evangelio del Domingo 14 de mayo

Que alegría cuando me dijeron vamos a… nuestra cita semanal alrededor del Altar todos unidos en ese trocito de Cielo que es la Eucaristía. No somos nosotros… eres Tú, Jesús amado quien vive y reina en nuestros corazones.

«En lo que ofrece, la Iglesia se ofrece a sí misma. He aquí, entonces, lo que ha ocurrido: mi pobre don (las ofrendas), carente de valor, se ha convertido en el don perfecto para el Padre. Jesús, no se da solo en el pan y el vino, nos toma también a nosotros y nos cambia (místicamente, no realmente) en sí mismo, nos da también a nosotros el valor que tiene su don de amor al Padre. En ese pan y en ese vino estamos también nosotros: En lo que ofrece, la Iglesia se ofrece a sí misma». San Agustín.

Oh buen Jesús, la Iglesia se ofrece contigo al Padre, y yo con la Iglesia. Haz que todo mi comportamiento sea agradable al Padre y así mi ofrecimiento sea realmente fructífero. Gracias, Jesús, gracias eternamente. AMEN

Concha Puig

Evangelio según San Juan 14, 15-2
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros.
No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.
Gloria a Ti Señor

Comentario:

  1. ¡Qué consolador es escuchar esas palabras de labios del Señor!: “No os dejaré huérfanos”. Sentir la orfandad, la soledad es una de las sensaciones más tremendas de la vida. Seguramente la has experimentado en alguna ocasión, y el recuerdo no es nada agradable. Sentir el calor de un hogar, de unos padres, de una familia es tan humano y tan necesario, que sin él no podemos vivir.
    El mensaje de Cristo, resumido en el doble mandamiento del amor, tiene una fuerza de atracción muy grande y llena el corazón humano. Sin embargo, en algún momento de nuestra vida, hemos comprobado quizá que vivir la caridad en cualquier circunstancia no es siempre una tarea sencilla. Amar a todos los hombres puede parecer un hermoso ideal que, en la práctica, acaba chocando con los roces ─pequeños o grandes─ que surgen en la convivencia diaria. Cuando sufrimos una falta de atención, una injusticia o un desplante resulta fácil reaccionar buscando, cuando menos, rehuir el trato con quien ha sido la causa del disgusto. Y no es difícil encontrarse con personas profundamente marcadas por una grave injusticia, tal vez proveniente de alguien de quien no esperaban ningún mal. En definitiva, la vida es rica en situaciones que muestran cómo el precepto de la caridad, desde el punto de vista humano, podría parecer irrealizable en la práctica.
    El testimonio de los santos muestra que no es así. Cristo nos sigue pidiendo que amemos a todos los hombres, incluso a quienes nos persiguen; y también nos ofrece los medios: en primer lugar su propio Amor, el Espíritu Santo que testifica que somos hijos de Dios (Cfr. Rm 8, 38-39). Tal vez ahora sea un buen momento para contemplar en la vida y en las Cartas del Apóstol de la Gentes, cómo ese don fructifica en el cristiano, cómo se manifiesta y cómo crece. La experiencia de San Pablo puede ser un estímulo para descubrir dónde está la raíz de la verdadera caridad, de esa caridad operativa que lleva a complicarse la vida por los demás.
    San Pablo era consciente de que la caridad tiene su origen en Dios y se ha realizado de modo pleno en Jesucristo. Por eso podía escribir a los romanos que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro (Cfr. Rm 8, 16).
    La caridad es, ante todo, una virtud sobrenatural; un don de Dios, por el que le amamos “sobre todas las cosas por él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios” (Cfr. 1 Tes 1,4; 2 Tes 2, 13; Col 3, 12). Por eso, el fundamento de nuestra caridad, lo que mueve nuestras acciones, y la fuerza que sustenta los actos de entrega hacia los otros, reside en último término en el mismo amor que Dios nos tiene.
     
  2. Si la persona de Jesucristo es el colmo del amor de Dios, sólo en el encuentro con Cristo el hombre puede descubrir la plenitud del amor. Así ocurrió en el caso de San Pablo. Entendió que no hay nada comparable al amor que Cristo ha demostrado con su muerte en cruz, hasta el punto de que su vida no tuvo otro sentido que identificarse con Jesús: la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí (Cfr. Gal 2, 20). San Josemaría nos enseñó muchas veces a contemplar ese amor de Jesús en la cruz. En Vía Crucis leemos: “Es el Amor lo que ha llevado a Jesús al Calvario. Y ya en la Cruz, todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y fuerte” (Vía Crucis, XI estación).
    ¿Cómo ser más conscientes del amor que Jesús nos tiene? En realidad, es difícil encontrar alguien que muera por un hombre justo. Quizá alguien se atreva a morir por una persona buena. Pero Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros  (Rom 5, 6-8). ¡Qué panorama nos presenta el Apóstol! Es verdad que él no debía caber en su asombro cuando meditaba que Jesús lo había amado por encima de todas las cosas, a pesar de que había perseguido a la Iglesia.
    Tanto admiraba Pablo el amor de Jesús en la cruz, que no entendía cómo un cristiano puede menospreciar a otro. Si Jesús ha muerto por cada uno de nosotros cuando no lo merecíamos, ¿cómo puedo llegar a pensar que alguien no merece el esfuerzo de mi atención, de mis cuidados? ¿Cómo puedo subestimar o desdeñar a quien Cristo mismo ha honrado hasta el punto de dar su vida por él? Desde esta perspectiva, cada alma aparece como única e irrepetible; cada hombre, como la joya más preciada, como una perla única y preciosísima de valor infinito; cada persona, dotada de una dignidad que le hace merecedora de cualquier sacrificio. Así, por ejemplo, en su Carta a los Romanos, el Apóstol sale al paso de quienes despreciaban a los judío-cristianos porque aún cumplían los preceptos de la Ley: pues, si a causa de tu comida se entristece tu hermano, ya no andas conforme a la caridad. No pierdas a causa de tu comida a aquel por quien murió Cristo. «No pierdas’: dice: que no se descamine o, incluso, que no se corrompa por causa tuya ─por tu falta de prudencia, de criterio, de buen juicio, de sensibilidad, en definitiva, de compasión─ aquél que Cristo ganó con la entrega de su muerte en la cruz. Cuando despreciamos a alguien, desvirtuamos en la práctica aquello que Cristo ha hecho por él.
     
  3. ¡Qué importante es que los cristianos nos comportemos a ejemplo de Cristo, buscando imitarle! En una ocasión San Pablo recordaba a los de Corintio cómo el Hijo de Dios se había abajado por ellos: porque conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza (2 Cor 8, 9).
    San Pablo se apoyaba en el amor de Cristo. Tan seguro estaba de la solidez de este fundamento que podía decir con razón que nada podía separarnos de ese amor: ¿quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? (…) Pero en todas estas cosas vencemos con creces gracias a aquel que nos amó (Rm 8, 35-39). Realmente el amor de Cristo hacia el cristiano no tiene límites. Y hemos de configurar la existencia entera en relación con ese amor. ¿Se puede decir que nuestro querer es tan fuerte que nada lo separa de los demás: tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro, espada, muerte, vida, ángeles, principados, cosas presentes o futuras, potestades, altura, profundidad, o cualquier otra criatura? A la luz de estas palabras de San Pablo resulta fácil preguntarse si verdaderamente los demás pueden esperar todo de nosotros y que no hay nada que nos separe de nadie.
    Se puede decir que en los Apóstoles la identificación con el amor de Dios tuvo por modelo la experiencia concreta del amor de Cristo, que dio su vida por nosotros en la cruz, y que volcó su misericordia y compasión por cada persona con multitud de detalles. Hay muchos ejemplos de las penalidades que soportaron los Apóstoles para atender a las comunidades cristianas, pero quizás basta reseñar ahora estas palabras dirigidas por San Pablo a los de Tesalónica en las que expresaba su deseo de darse en holocausto por ellos: “movidos por nuestro amor, queríamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestras propias vidas, ¡tanto os llegamos a querer!” (1 Tes 2, 8).
    También Benedicto XVI animaba a los cristianos a seguir el ejemplo del Apóstol: «San Pablo renunció a su propia vida entregándose totalmente al ministerio de la reconciliación, de la Cruz, que es salvación para todos nosotros. Y también nosotros debemos saber hacer esto: podemos encontrar nuestra fuerza precisamente en la humildad del amor, y nuestra sabiduría en la debilidad de renunciar [a nosotros mismos] para entrar así en la fuerza de Dios. Todos debemos formar nuestra vida según esta verdadera sabiduría: no vivir para nosotros mismos, sino vivir en la fe en el Dios del que todos podemos decir: «Me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2, 20)» (Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 29-X-2008).

La paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, custodie sus corazones y sus pensamientos, en el conocimiento y en el amor de Dios y de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.
Y la bendición de Dios todopoderoso, del Padre, del Hijo + y del Espíritu Santo, descienda sobre vosotros y permanezca para siempre.

Padre Miras

El silencio

Hay momentos que preferimos vivir en silencio, no como un modo de desconfianza, sino como un temor de expresar aquello que tememos, y se convierta en «realidad», como si por expresarlo, pudiéramos precipitar que ocurra…

Por eso solo podemos contemplar y permanecer, ser cómplices respetuosos, y no romper el hilo del silencio que nos habla con tanta fuerza como la palabra… El silencio es un lenguaje como otro cualquiera, que hasta los sordos pueden oír…

Rosario Aguilar

Oración al Espíritu Santo

Espíritu Santo, eres el alma de mi alma. Te adoro humildemente.

Ilumíname, fortifícame, guíame, consuélame. Y en cuanto corresponde al plan del eterno Padre Dios revélame tus deseos. Dame a conocer lo que el Amor eterno desea de mí. Dame a conocer lo que debo realizar, dame a conocer lo que debo sufrir, dame a conocer lo que, silencioso, con modestia y en oración, debo aceptar, cargar y soportar.

Espíritu Santo, dame a conocer tu voluntad y la voluntad del Padre. Pues toda mi vida no quiere ser otra cosa, que un continuado y perpetuo Sí a los deseos y al querer del eterno Padre Dios.

Amén

Reflexión al Evangelio lunes 8 de mayo

San Juan 14, 21-26
 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».
Le dijo Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?».
Respondió Jesús y le dijo: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.
El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho».
 
1.  “Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió”. Cristo es el Verbo, la Palabra hecha carne, que se revela por medio de su vida, sus milagros, su predicación. Esa Palabra la recogen después los Evangelista, y nosotros la veneramos por lo que es: Palabra de Dios.
La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo, cuando la encontramos nos produce un efecto análogo al que experimentaron los discípulos de Emaús. Las Escrituras hablan de Cristo, y atender a lo que dicen es atender a Cristo. Por eso, algunas palabras de la Escritura nos han herido para siempre con una herida de amor, como espada que llega hasta el corazón.
El misterio que proclaman las Escrituras es el de una Persona viva, Cristo. Para compartir su vida hay que tratarle en la Palabra y en el Pan, como se trata a un amigo, a un ser real y vivo como Cristo lo es, porque ha resucitado .
“Las palabras que os he hablado son espíritu y son vida” (Jn 6, 63), dice el Señor. No nos comunica algo que simplemente debemos entender, quiere convertir nuestro corazón, para que podamos compartir su vida. Y con ese fin nos dirige su palabra: para levantar la miseria del hombre y disponerlo a un coloquio de iluminación y de amor, a la confianza absoluta ante las tareas aparentemente imposibles o difíciles, a las que no llega la fuerza de la criatura. Unirnos al Señor es posible si acudimos a la Eucaristía y a la Escritura. Pan y Palabra: Amor. El Verbo revela el Amor de Dios que quiere reunimos a todos, para que seamos uno con Él y en Él. La relación personal que quiere entablar con nosotros nace de su Amor. Por eso, hace falta amar, tener la humildad de reconocer nuestra necesidad de ser salvados, y decir con Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú guardas palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios” (Jn 6, 69-70).
 

  1. Si somos humildes y no ponemos obstáculos, el Espíritu Santo nos transformará, porque la Palabra de Dios es viva y eficaz; ¡qué hermoso querer escucharle, saber buscar su voz! El Señor no suele imponerse, y su palabra llega a nosotros sin aparato ni complicaciones; se presenta normalmente en movimientos del alma, en intuiciones e inspiraciones que invitan a aprovechar una ocasión u otra para dejarse querer y devolver amor por Amor. Con frecuencia, Dios no se nos manifiesta en el viento fortísimo que parte las rocas, ni en el fuego que todo lo consume, sino en la brisa suave, perceptible para quien está atento.
    Evitemos la tendencia a rodearnos siempre de ruido, como si fuese necesario poner música nada más entrar en un coche, o durante las comidas o el trabajo. Esto podría ocasionar una falta de recogimiento; lo que no facilitaría la vida contemplativa y, en algunos casos, llegaría quizá a denotar cierta carencia de peso interior, de altura humana y sobrenatural.
    Cristo nos enseña a amar a Dios Padre y a los demás. Vivir con este afán lleva a estar en condiciones de alcanzar la bienaventuranza eterna. Por eso, si aceptamos su llamada, comprobaremos que sus palabras son verdaderas: palabras de vida eterna. Nos llevan a mirar a los demás, a encargarnos de que, en todas las circunstancias de lugares y de épocas, arraigue, germine y dé fruto la palabra de Dios.
    El mensaje de Dios es fecundo: suscita en muchas almas afanes de entrega y fidelidad. La vida de los que sirven a Dios ha cambiado la historia, e incluso muchos de los que no conocen al Señor se mueven -sin saberlo quizá- por ideales nacidos del cristianismo. De ahí que sea importante saber reconocer lo que supone para cada uno la Palabra de Dios.
     
  2. El lugar singular de la Palabra en nuestras vidas, y su centralidad objetiva en la Revelación se manifiesta de modo particular en la liturgia; no en vano la Iglesia “desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la Liturgia misma” (Vaticano II, Constitución. Sacrosanctum Concilium. n. 14) ¿Cómo podemos fomentar ese tipo de participación en la Liturgia de la Palabra? La conciencia de lo que es verdaderamente la Palabra de Dios, y de lo que supone recibida, nos moverá a escuchada con respeto, y a proclamada en la Santa Misa con la solemnidad debida. 
    Obra de Cristo, acción de la Iglesia, la Liturgia de la Palabra nutre la fe de los participantes. El leccionario y el evangeliario son signos de la Palabra de Dios. Por esto son venerados con solemnidad: procesión, incienso, luz, especial lugar del anuncio. Se cuida la lectura, para que sea audible e inteligible. Al estar en pie para escuchar el Evangelio, nos unimos a la victoria de Cristo resucitado y mostramos nuestro respeto hacia la Palabra de Dios; es mucho más que oír una noticia importante, pues esta Palabra nos eleva hacia lo alto y exige el valor de seguirla, de hacerla penetrar en nuestra vida.
    Benedicto XVI enseña que “la celebratio es oración y coloquio con Dios, de Dios con nosotros y de nosotros con Dios. Por tanto, la primera exigencia para una buena celebración es que el sacerdote entable realmente este coloquio (…). Es oyente de la Palabra y anunciador de la Palabra, en el sentido de que se hace instrumento del Señor y trata de comprender esta palabra de Dios, que luego debe transmitir al pueblo. Está en coloquio con Dios, porque los textos de la santa Misa (…) son plegarias, gracias a las cuales, juntamente con la asamblea, hablamos con Dios».
    «La gente -continúa el Santo Padre, refiriéndose al modo adecuado de celebrar- percibe si realmente nosotros estamos en coloquio con Dios, con ellos (…); o si, por el contrario, sólo hacemos algo exterior. El elemento fundamental de la verdadera ars celebrandi es, por tanto, esta consonancia, la concordia entre lo que decimos con los labios y lo que pensamos con el corazón».
    Esta concordia entre lo que se dice y lo que se piensa, se plasma en la adecuada proclamación de las palabras. «Cuando yo era profesor en mi patria -es un recuerdo que Benedicto XVI rememora con un fin pedagógico-, a veces los muchachos leían la sagrada Escritura, y la leían como se lee texto de un poeta que no se ha comprendido». Para hacerlo correctamente, los lectores deben saber cómo han de anunciar, y para ello «es preciso haber entendido el texto en su dramatismo, en su presente” (Respuesta del Papa a los sacerdote. Castelgandolfo, 26 de septiembre de 2006).
    Todos los Evangelios, en efecto, nos llevan a vivir de nuevo la Pasión de Jesús, nos introducen en el Calvario, nos hacen entrar en el drama del pecado y, por la misericordia divina, en la gloria de la resurrección.
    La liturgia nos enseña de un modo vivo el sentido de la lectura de la Sagrada Escritura y la respuesta que debe suscitar su escucha: esas palabras fueron escritas para que correspondamos al amor de Dios, manifestado en Cristo, y reconocido por nosotros, en acción de gracias y para alabanza de su gloria, porque es Dios quien triunfa en los corazones de quienes responden a su llamada.

La paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, custodie sus corazones y sus pensamientos, en el conocimiento y en el amor de Dios y de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.
Y la bendición de Dios todopoderoso, del Padre, del Hijo  y del Espíritu Santo, descienda sobre vosotros y permanezca para siempre.

Padre Javier Miras

Jueves de Reparación en la Cripta

Este próximo jueves dia 4 de Mayo Mes de la Virgen María, vamos a decirle: gracias Madre¡ por amarnos y cuidarnos tanto que crezca cada día más ese sentimiento de pobres hijos tuyos que tanto te necesitan. Vamos a llevar escritas nuestras intenciones y las pondremos a los pies del Altar,

☀️- Dia: Jueves 4 de Mayo
⛪ -Lugar: Cripta de la Almudena.
🕠 -Hora : 17,30h :
🌹Exposición del Santísimo,
🌹Rezo Sto. Rosario,
🌹Consagración al Sdo Corazón de Jesús, y
🌹Peticiones de REPARACIÓN.
⛪ -18,30: Santa Misa
⚡ Celebran Padre José Antonio Iniesta y Padre Carlos Melero

🎼 Nos compañará la CORAL ALBORADA 🎼

Invita a familiares y amigos.
Guardamos todos los protocolos Covid.

¡Te esperamos!

Concha Puig